Chile “celebra” una baja interanual de la tasa de desempleo de 8,6% a 8,4% que funciona más como consuelo narrativo que como realidad económica. La serie desestacionalizada —la que no admite lirismos— muestra exactamente la misma cifra que el trimestre anterior: 8,4%. Un país detenido, aunque la narrativa oficial intenta presentarlo como avance. La evidencia es más tosca: 36 meses consecutivos sobre el 8%. Tres años normalizando lo anormal.
Una mirada más fina a las cifras tampoco permite un relato auspicioso. Si bien el desempleo femenino a doce meses cae de 9,3% a 8,8%, el masculino sube de 8,1% a 8,2%. Pero entre los jóvenes, el contraste es particularmente inquietante: ellos mejoran bajando de 20,2% a 18,2%, ellas retroceden pasando de un 22,5% a un 23,4%. Una paradoja difícil de ignorar para un gobierno que ha hecho de la agenda de género una prioridad discursiva.
La anatomía del empleo confirma la fractura. Mientras las grandes empresas continúan creando puestos de trabajo, las micro y pequeñas llevan 13 meses consecutivos destruyéndolos. Lo que es consistente con un alza del costo laboral mayor para estas últimas.
A partir de julio de 2024, las pequeñas y medianas empresas vieron cómo su Índice de Costos Laborales (ICL) medido por el INE se disparó en relación al de las grandes. Una hipótesis plausible es el aumento del salario mínimo de $460 a $500 mil a mediados de 2024, que afectó principalmente al segmento donde se concentra el empleo que efectivamente paga el mínimo, la cual es consistente con lo reportado por el Banco Central.
Cuando el shock se acumula en el eslabón más frágil, la reacción es previsible: cae la contratación. No es ideología ni insensibilidad: cuando el costo de contratar supera el valor de la productividad del trabajador, el negocio no sobrevive.
Pero hay un problema quizás más profundo y menos comentado. Chile enfrenta la otra emergencia: la educacional. Los resultados de la prueba PIAAC 2023 (Programme for the International Assessment of Adult Competencies) nos dejan últimos entre los países evaluados: solo el 53% de los adultos alcanza un nivel funcional en comprensión lectora, razonamiento matemático y resolución de problemas. Ese no es un tecnicismo: es el estándar mínimo para trabajar. Con ese piso, la productividad laboral chilena —que alcanza solo la mitad de la OCDE— simplemente refleja las capacidades reales de su fuerza laboral.
Aquí surgen dos verdades incómodas. Primero, cuando casi la mitad de los adultos no puede comprender un texto simple o resolver un problema cotidiano, la Inteligencia Artificial no será un acelerador del trabajo humano: será un sustituto. Y la IA solo multiplica la productividad cuando alguien puede supervisarla. Sin habilidades mínimas, la brecha no se cierra; se agranda.
Segundo, mientras discutimos la revolución tecnológica, el sistema escolar opera con una inasistencia grave del 28%, que llega a 39% en los Servicios Locales de Educación Pública (SLEP). Es difícil mejorar habilidades cuando una parte importante de los estudiantes simplemente no está en la sala de clases. Allí se incuban los déficits que luego el mercado laboral recibe como destino inevitable.
Así, nuestro mercado laboral adolece, no solo de falta de puestos de trabajo, sino también de falta de capacidad. Falta de aprendizaje. Y la consecuencia es visible: faltan 257 mil empleos para recuperar la ocupación pre-pandemia, pero también faltan las competencias para sostener un crecimiento mayor.
La cura exige una honestidad intelectual que la política ha esquivado estos años. Necesitamos mejorar la gobernanza de las escuelas, más clases y menos overoles blancos; reforzar y recuperar los aprendizajes en lectura, matemáticas y resolución de problemas; y darle al SENCE un rol protagónico para ese 47% de adultos que quedó atrapado en el rezago. En paralelo, detener el encarecimiento regulatorio del trabajo y recuperar un clima pro-inversión que saque al país de la modorra.
No habrá mercado laboral sano sin un país que vuelva a aprender. Lo demás son consignas sin contenido, poesía sin métrica, música sin armonía. Urge que los hacedores de política lo entiendan. Pero, como canta Shakira en su hit “Ciega, Sordomuda”, la visión sobre el mercado laboral por parte de las autoridades se ha visto así: ciega ante la evidencia irrefutable, sorda a los técnicos que venimos alertando el problema hace rato y muda cuando toca asumir responsabilidades.
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