Los resultados de la encuesta Casen 2024 han puesto de manifiesto una realidad estructural: la pobreza en Chile tiene un rostro predominantemente joven.
Tradicionalmente, el país utiliza dos métricas de pobreza: La pobreza por ingresos refleja la incapacidad de un hogar para adquirir una canasta básica; bajo una nueva metodología de estándares elevados, las cifras revelan que el 17,3% de la población se encuentra en esta situación, mientras que un 6,9% enfrenta pobreza extrema.
No obstante, al desglosar estos datos por tramos etarios, emerge una brecha generacional que evidencia una relación inversa entre edad y vulnerabilidad social. La pobreza por ingresos afecta al 25,7% de los niños entre 0 y 3 años y al 24,6% de los menores entre 4 y 17 años. En términos simples, uno de cada cuatro niños en Chile vive en un hogar con ingresos insuficientes.
Por otro lado, la pobreza multidimensional -que evalúa carencias en educación, salud, vivienda, trabajo y cohesión social- impacta al 22,5% de los menores de 18 años. Esta cifra es significativamente superior al promedio nacional (17,7%), lo que demuestra que la infancia no solo carece de recursos monetarios, sino que habita en entornos con deficiencias más profundas que el resto de la población.
El dato más alarmante de la medición reciente es la pobreza severa, un indicador que identifica a quienes son pobres simultáneamente en ambas dimensiones (ingresos y multidimensional). Mientras que a nivel nacional este grupo representa el 6,1% de la población, en la primera infancia (0-3 años) la cifra se eleva al 10%, y en el tramo 4 a 17, de 9,8%.
Este núcleo de “pobreza dura” contrasta drásticamente con el 3,7% registrado en adultos mayores (60+ años), confirmando una tendencia sistemática: la infancia se encuentra en una posición de desventaja crítica respecto al resto de la población.
Esta realidad no es solo dolorosa, sino que hipoteca el futuro. Si bien la pobreza restringe las oportunidades en todas las etapas de la vida, su incidencia durante la infancia es determinante. La precariedad limita el acceso a factores claves para la formación de capital humano, como nutrición, salud y educación de calidad.
Además, la fragilidad económica actúa como un estresor crónico del entorno familiar, lo que afecta el desarrollo socioemocional de los niños, propiciando una transmisión intergeneracional de la pobreza: quienes crecen en estas condiciones suelen percibir menores ingresos en la adultez.
Ignorar la alta incidencia de pobreza infantil no es solo una deuda ética, sino una amenaza al desarrollo del país. El impacto de estas carencias se cristaliza mucho antes de que el individuo ingrese al mercado laboral, limitando su potencial. Como advirtiera Gabriela Mistral: “El futuro de los niños es siempre hoy. Mañana será tarde”.
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