Misma empresa, mismo talento, misma ambición. En Suecia existe un sistema para crecer. En Chile hay instrumentos valiosos, pero no conversan entre sí.
Ximena tiene 32 años, desarrolló un software de gestión de inventario para restaurantes, tiene 8 empleados y factura US$400.000 al año. Necesita capital para escalar. Imaginemos dos versiones de su historia: una en Estocolmo, otra en Santiago. Lo que cambia es el sistema.
Primer año: tocar la puerta del dinero
La versión sueca va a Almi, entidad estatal creada para prestar donde los bancos no llegan. Pide 250.000 coronas —unos US$24.000— sin garantías reales, con solo un 10% de garantía personal. Almi evalúa si el negocio tiene futuro, no cuántos activos tiene. Le aprueban el crédito y recibe una revisión financiera. Gratis.
La versión chilena va al banco. Balances auditados, garantías reales, historial crediticio. Rechazo: las microempresas enfrentan una tasa de rechazo del 19%. BancoEstado es lo más parecido a Almi, pero opera con lógica de banco, no con mandato de riesgo. CORFO ofrece alternativas, pero el proceso es largo. Mientras tanto, pierde un contrato. El costo de no tener crédito no aparece en ninguna estadística, pero existe: se llama oportunidad perdida.
Segundo año: innovar
La sueca postula a un Innovation Voucher de Vinnova: formulario simple y hasta 100.000 coronas para contratar asesoría externa. Con ese apoyo incorpora conocimiento aplicado desde la universidad. Lo elegante es el diseño. Vinnova no le dice qué hacer con la plata; la obliga a trabajar con capacidades que la empresa sola no tiene. No financia un curso online. Financia una alianza.
La chilena encuentra Negocios Digitales de Sercotec: $500.000 pesos, unos US$530. Con eso no compras inteligencia artificial. Puede postular a CORFO, pero compite con cientos de proyectos. Hace el Chequeo Digital por segunda vez. Diagnosticarse dos veces no es transformarse.
Tercer año: el salto que define todo
La sueca factura US$2 millones. Su Certified Adviser —figura que no existe en Chile— la acompaña en su preparación para listarse y en su cumplimiento continuo. La ruta es Nasdaq First North. Más de 440 empresas listadas, y detrás, 3,8 millones de suecos con cuentas ISK, donde no pagan impuesto a las ganancias de capital. Millones de personas comunes comprando acciones de pymes. Si no quiere diluir propiedad, también puede emitir un Nordic bond o un minibond, como en Italia. Europa tiene equity, deuda e instrumentos híbridos. Chile tiene crédito bancario y factoring. Punto.
La chilena busca lo mismo. ScaleX abrió una puerta valiosa, pero hoy está restringido a inversionistas calificados. Seis empresas en tres años, US$15,7 millones. Le queda buscar venture capital extranjero. No porque quiera irse, sino porque el sistema la empuja hacia afuera.
Lo que ya se construyó y lo que falta
Chile ha avanzado más de lo que suele reconocerse. La Ley Fintec de 2023 fue un hito: crowdfunding regulado, finanzas abiertas, siete nuevos servicios bajo supervisión. 348 fintechs operan en el país. Las bases están. El desafío es el siguiente salto: que esa infraestructura se traduzca en capital fluyendo hacia pymes.
Suecia tiene la mitad de habitantes y un mercado bursátil de pymes 70 veces más grande. No se trata de copiar un modelo con otra historia institucional, otra cultura de ahorro y otro nivel de ingreso. Se trata de estudiar su diseño. Suecia armó un sistema donde cada pieza alimenta la siguiente: Almi, Vinnova, el ISK, First North. Chile tiene piezas —BancoEstado, Sercotec, CORFO, ScaleX, la Ley Fintec—, pero siguen sueltas. Es como tener todas las piezas de un reloj y ningún relojero.
La lección es de arquitectura: una pyme no crece con una sola política, sino con una escalera. Un primer peldaño de crédito que evalúe viabilidad; un segundo que conecte empresa con innovación y conocimiento aplicado; un tercero de instrumentos intermedios —minibonds, fondos de deuda, coinversión— que acompañen antes del salto bursátil; y un cuarto que abra acceso gradual al mercado de capitales.
El desafío no es de una sola institución: es de articulación. CORFO, Sercotec, BancoEstado y la CMF tienen mandatos complementarios que hoy operan con lógicas separadas. Conectarlos exige diseño coordinado —y probablemente reformas legales—, porque el problema no es solo que no se hablen, sino que sus marcos normativos no los obligan a hacerlo.
También cabe una revisión prudencial del perímetro regulatorio vigente. Hoy los inversionistas retail pueden acceder, bajo ciertos resguardos, a instrumentos de financiamiento para empresas tempranas, de menor liquidez y con exigencias informativas distintas a las de un mercado bursátil alternativo. Eso hace razonable discutir si una apertura gradual y cuidadosamente diseñada de esos segmentos podría ampliar el financiamiento pyme sin comprometer la debida protección al inversionista. La apertura debiera ser gradual, con topes de inversión, divulgación reforzada y patrocinadores con responsabilidad efectiva del cumplimiento continuo. Más supervisión con recursos acotados, sí. Pero el costo de no hacerlo es la fuga silenciosa de nuestras mejores empresas.
Un mercado con más participantes y mejores reglas no es más riesgoso: es más sano. Si el diseño es bueno, la próxima Ximena no tendrá que buscar capital en Estocolmo. Se quedará aquí. Porque tiene sentido.
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La informalidad económica en Chile: hay que tomarla en serio. Por Felipe Jaque.https://t.co/yw4W8GKrQ4
— Ex-Ante (@exantecl) May 4, 2026
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