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Boric en tercera persona. Por Kenneth Bunker

Ex-Ante

El punto es simple. La solución descansa en el hombre que ayudó a producir el problema. Boric diagnostica errores sin clarificar que fueron suyos. Parte por cálculo, parte por incompetencia. El que administró el deterioro es hoy el que parece tener la respuesta para revertirlo, y nada indica que esta vez la tenga. Y aun así, su sector lo respalda sin matices, con la misma fuerza que rechaza cualquier cosa que venga del gobierno. Ese es el dilema de la izquierda: un líder que no pudo y no puede, y una coalición que no quiere y no propone.


La semana pasada Gabriel Boric expuso en la British Library, en Londres. Este fin de semana conversó una hora con Jon Lee Anderson en el Hay Festival, en Gales. En ambas instancias dejó abierta la puerta a repostular. Dijo que podría ser candidato, aunque aclaró que tendría que ser una decisión colectiva. En la misma conversación diagnosticó a la izquierda. Enumeró sus errores, admitió que el sector abandonó la seguridad y aceptó que la idea de fronteras abiertas ignoró lo que sentía la gente común.

Aunque lo llamativo es que lo hiciera desde Europa, ante una audiencia que no vota en Chile, lo importante no es el lugar desde donde habló, sino que lo hiciera como analista de un período que él mismo gobernó. Diagnosticar desde el escenario de un festival es cómodo. No exige hacerse cargo de nada y permite presentar los errores propios como aprendizajes generales. Haberlo hecho con acciones desde el mismo gobierno hubiese sido lo realmente útil.

En cualquier caso, la lectura que hace de la situación política, contradice mucho de su propia conducta como Presidente y la de su sector. Boric dijo que hay que construir mayorías sociales, que actualizar las propuestas es parte del trabajo y que no se puede tratar de estúpido al votante que no acompaña. Es un buen consejo. Pero es también lo que su coalición no hace. En el Congreso rechaza por reflejo cada iniciativa del gobierno antes de leerla. El rechazo viene primero y el argumento después, una práctica que por definición dinamita mayorías.

Esa distancia entre lo que dice y lo que hizo no se nota en ninguna parte tanto como en la seguridad. La izquierda la abandonó, según lo que dice en la entrevista. Pero lo que no dice es que la abandonó con él a la cabeza. No es algo que pasó de casualidad o por accidente. Fue parte de su diseño. Durante años su sector trató el alza del delito como una exageración de la derecha, un tema inflado para asustar a la población. Eligió las cifras que le convenían y descartó el resto.

Pero los números son claros. Entre 2019 y 2022 los homicidios subieron más de 40% y 2022, el año que asumió Boric, la cifra marcó su máximo histórico. La extorsión, el secuestro y el crimen organizado se instalaron en la vida diaria, pero el problema nunca se trató con seriedad porque hacerlo hubiese ido en contra de la base política que ayudó a Boric a llegar al poder.

El origen de la violencia reciente y la crisis de seguridad en su máxima expresión está en 2019. Está en la generación política que legitimó el estallido, justificó el desorden y lo defendió como una causa. Que tradujo la violencia en demanda social y la convirtió en capital político que le permitiría llegar a La Moneda.

Ya en el poder, pudo haber cambiado las cosas. Tuvo cuatro años para ordenar lo que había desordenado, pero no lo hizo. Gastó su cuatrienio en otra cosa. ¿Qué cosa? Nadie sabe, ni él mismo, que en sus entrevistas nunca habla de sus grandes logros. Probablemente porque sabe que no hay. En su lugar, ofrece un diagnóstico y una nueva narrativa. El problema es que nada de eso es realista. No hay forma que la izquierda se pueda hacer cargo del problema de fondo, porque su verdadera herencia no es haber ocupado el poder para entender cómo hacerse cargo de problemas después, es el perro matapacos venerado en el museo del estallido, y los muros rayados que hoy se limpian con impuestos de todos los chilenos.

Con todo, el problema excede a Boric. Él es la cara visible de un sector que se quedó sin respuestas. Basta ver la reacción de la oposición a la Cuenta Pública de Kast, que no solo consolidó la seguridad como prioridad y eje de su gobierno, sino que además reafirmó la importancia de aprobar la megarreforma de Reconstrucción Nacional para recuperar la funcionalidad del país. En vez de alinearse con lo que para buena parte del país es sentido común, comenzó a correr en círculos tratando de descartar las propuestas como necesarias.

Ante el énfasis de Kast en reforzar la seguridad, la izquierda respondió que detrás no hay un plan, que es puro gesto e improvisación. Pero no porque la propuesta sea mala, sino porque no quiere aparecer ante su sector apoyando la inversión en las fuerzas de seguridad pública cuando sabe que va en contra del discurso antipolicial que su base apoya. Decirlo en voz alta la dejaría en contra de la gente que vota por ellos, y por lo mismo disfraza el rechazo de objeción técnica.

Lo mismo va ante la idea de sancionar las incivilidades. La oposición responde que se vulneran los derechos humanos y que todos son dignos de recibir ayuda del Estado. Pero el asunto de fondo no es que haya derechos reales en juego ni porque le importa el uso debido de recursos estatales, es simplemente porque rechaza el principio de cárcel como respuesta. No quiere castigar pero no lo dice, porque quedaría a contrapié de su electorado.

Y algo similar pasa en temas de migración. Ante el plan de control de fronteras y expulsiones, responde que es irrealista. Pero no porque sea inviable, sino porque no quiere deportar. No gestionó el problema cuando le tocó y hoy no lo puede admitir, así que esconde su rechazo a la medida detrás de asuntos técnicos que hasta la gente se da cuenta que son secundarios.

El patrón suma y sigue. Ante respuestas a urgencia de sentido común, la oposición se ordena en base a su electorado, para rechazar no por fondo sino por forma las propuestas, ordenándose por dentro, produciendo titulares que dan la sensación de que la oposición actúa, pero que en realidad de nada sirven ni para encarrilar al país, ni para darle aire a largo plazo a su propio futuro electoral.

La pregunta entonces, es ¿cuál es el plan? ¿El plan es esperar? ¿Esperar a que Boric vuelva de Europa? ¿Que baje del escenario del festival y ordene al sector? ¿Que la gente se olvide que ellos como gobierno profundizaron el problema que ellos como oposición crearon?

El punto es simple. La solución descansa en el hombre que ayudó a producir el problema. Boric diagnostica errores sin clarificar que fueron suyos. Parte por cálculo, parte por incompetencia. El que administró el deterioro es hoy el que parece tener la respuesta para revertirlo, y nada indica que esta vez la tenga. Y aun así, su sector lo respalda sin matices, con la misma fuerza que rechaza cualquier cosa que venga del gobierno. Ese es el dilema de la izquierda: un líder que no pudo y no puede, y una coalición que no quiere y no propone.

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