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La casa propia no siempre es una buena inversión. Por Pablo Méndez

Gerente de LarrainVial Estrategia

La pregunta no es casa versus nada. La pregunta correcta es casa versus portafolio. Y aquí aparecen dos diferencias relevantes: la diversificación y el hecho de que las acciones han ofrecido históricamente retornos esperados superiores a la apreciación del mercado inmobiliario.


Comprar una propiedad posiblemente es la recomendación financiera más universal de la historia. Haz el ejercicio y pregúntales a tus padres, abuelos u otro familiar y me aventuro a señalar que la respuesta será prácticamente unánime: es mejor comprar que arrendar.

Los argumentos son conocidos. Al comprar, uno deja de pagarle el dividendo al dueño. Cada cuota amortiza una parte de la propiedad. Y, al final de los tiempos, queda un activo tangible. La lógica parece tan evidente que rara vez se cuestiona.

Sin embargo, la evidencia financiera es bastante menos categórica de lo que sugiere la intuición. Beracha y Johnson (2012) analizaron más de tres décadas de datos, comparando ambas alternativas bajo una metodología simple. Se compara una familia que compra una vivienda con otra que arrienda una propiedad equivalente. Luego se consideran todos los flujos relevantes: pie, dividendos, contribuciones, seguros, mantenciones y costos de financiamiento. La diferencia de caja entre ambas alternativas se invierte sistemáticamente en un portafolio diversificado.

La comparación es importante porque suele plantearse de manera incorrecta. La pregunta no es casa versus nada. La pregunta correcta es casa versus portafolio. Y aquí aparecen dos diferencias relevantes: la diversificación y el hecho de que las acciones han ofrecido históricamente retornos esperados superiores a la apreciación del mercado inmobiliario.

Los resultados muestran que, durante gran parte del período analizado, arrendar e invertir sistemáticamente la diferencia generó un patrimonio final superior. La conclusión dista de ser universal, pero es lo suficientemente frecuente como para cuestionar una de las creencias financieras más arraigadas de nuestra sociedad.

En equilibrio, comprar y arrendar deberían ser alternativas relativamente comparables. Si una de ellas fuera persistentemente superior, los incentivos terminarían ajustando precios y retornos hasta cerrar la brecha. Pero el mercado inmobiliario tiene una característica singular: está cargado de significado emocional, terrenal o como quiera llamarle.  

En Estados Unidos se habla del sueño americano. En Chile, de la casa propia. Cambia el nombre, pero la narrativa es esencialmente la misma. Ser propietario no sólo entrega un lugar donde vivir; también transmite estabilidad, estilo de vida, estatus, seguridad y una cierta sensación de éxito personal.

Cuando millones de personas valoran algo por razones que van más allá de los flujos financieros, es razonable esperar que estén dispuestas a pagar un premio por ello. Y cuando existe un premio, los retornos esperados son más bajos. Dicho de otra forma, el sueño de la casa propia es tan popular que termina encareciendo precisamente aquello que todos quieren comprar.

Entonces, ¿por qué la casa propia goza de una reputación tan sólida como inversión?

Los bienes inmuebles tienen unas características que los mercados financieros no pueden replicar. La mayoría de las personas desconoce cuánto vale exactamente su propiedad esta mañana. Tampoco sabe cuánto cayó o subió durante la última semana. 

La ausencia de mark-to-market genera comportamientos notablemente virtuosos. Los propietarios siguen pagando sus dividendos, atraviesan ciclos económicos completos y rara vez toman decisiones impulsivas frente a movimientos de corto plazo. Al momento de vender tampoco enfrentan con la misma intensidad el sesgo del punto de referencia: simplemente desconocen cuánto valía exactamente su propiedad hace seis meses, un año o incluso la semana anterior.

Quizás allí se encuentre una parte importante de la explicación. El éxito patrimonial asociado al inmobiliario no necesariamente proviene de retornos extraordinarios, sino de una estructura que obliga a ahorrar, invertir y mantener el rumbo durante décadas. 

Nada de esto implica que comprar una vivienda sea una mala decisión. Para muchas familias puede ser una excelente decisión personal. La estabilidad, la autonomía y la tranquilidad también tienen valor, aunque no aparezcan en una planilla Excel.

Corolario del paper: comprar una vivienda y realizar una buena inversión no siempre son la misma cosa.

Confieso que me habría gustado leer este estudio varios años antes y se los dejo a su disposición. Sospecho que algunas de mis decisiones inmobiliarias habrían sido distintas. Aunque, siendo honestos, probablemente igual habría terminado comprando. Llega un momento en la vida en que el valor de un patio para los niños supera cualquier discusión sobre retornos esperados.

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