La Ley de 40 horas marcó un hito en Chile. Sin embargo, su implementación actual tiene un punto perfectible. Me refiero al número de semanas para calcular si la jornada efectiva cumple o no con el promedio de 40 horas semanales pactado. Hoy ese número es de solo 4 semanas, el más restrictivo de toda la OECD. La Mesa de Reactivación Laboral, en la cual tuve el honor de participar, propuso ampliarlo hasta 15 semanas como piso (el promedio OECD) y hasta 52 semanas como techo, manteniendo siempre el límite absoluto de 52 horas semanales que en la actualidad establece el Código del Trabajo.
Debemos ser muy claros en decir que esta propuesta no significa, en ningún caso, trabajar más horas que lo estipulado en la ley de 40 horas. El promedio semanal sigue siendo exactamente el mismo. Lo que cambia es la ventana de tiempo sobre la cual se calcula ese promedio. En un ciclo de 52 semanas, un trabajador podría concentrar más horas en las semanas de mayor demanda como la cosecha agrícola, temporada turística alta, ventas navideñas, y compensar con jornadas más cortas en los períodos de menor actividad.
En ningún caso se modifica el tope semanal de 52 horas que hoy establece el Código del Trabajo. En una frase: no se trabaja más, se distribuye diferente. Exactamente lo que hacen Francia, Alemania, Países Bajos, España, Portugal y Suecia, países que nadie acusaría de precariedad laboral. La misma lógica que motivó a reducir la jornada a 40 horas, debiera acercarnos al primer mundo en legislación laboral, y movernos ahora a completar el cambio para Chile, usando promedios de horas en períodos más extensos.
¿Cuáles son los beneficios concretos? La evidencia comparada sugiere al menos tres. Primero, creación y preservación de empleo. En Portugal, cuando se redujo la jornada de 44 a 40 horas en 1996, las empresas que contaron con un período de referencia de cuatro meses para calcular su jornada aumentaron su empleo en casi 5% porque redujeron los despidos. La flexibilidad les permitió distribuir las horas en los momentos en que eran más valiosas, aumentando la productividad de los trabajadores. En Alemania, se estima que un mecanismo similar de bolsas de horas de trabajo permitió preservar cerca de 400 mil puestos durante la Gran Recesión de 2009.
Segundo, se reduce la informalidad. La evidencia muestra que la rigidez del sector formal empuja a las personas con responsabilidades de cuidado, especialmente mujeres, hacia la informalidad para acceder a la flexibilidad horaria que el contrato formal les niega. Un estudio de Tejada y Villena (2026) muestra que la reducción de jornada de 48 a 45 horas rígidas cambió la composición del empleo, reduciendo el asalariado formal y aumentando el por cuenta propia, muchas veces informal.
Tercero, se logran menores costos para las empresas sin sacrificar derechos. Para una actividad con 12 semanas de demanda alta al año, la ampliación del período de referencia a 52 semanas reduciría el costo laboral anual en un 9,4%, al reducir horas extraordinarias. A cambio, la contratación aumentaría, así como los salarios base, al mejorar la eficiencia productiva.
Hay quienes plantean que este tipo de reformas erosiona la protección laboral. La evidencia pareciera indicar lo contrario. Los países con mayor flexibilidad en la distribución horaria son los mismos que presentan menores tasas de informalidad, mayor participación femenina, relaciones laborales más estables y mayor bienestar. Contratos laborales que antes eran de temporada, en el nuevo escenario podrían volverse estables y formales. La economía chilena presenta patrones estacionales más marcados que muchos países, por lo cual podríamos sacar un provecho aún mayor a una regulación de este tipo.
Chile se movió hacia los estándares OECD en jornada ordinaria promedio sin haber alcanzado los niveles de productividad de estos países. Mejorar la distribución de horas en el año es una buena medida especialmente en un mercado laboral debilitado y bajo un cambio tecnológico avasallador. Siempre cumpliendo con las restricciones existentes en la ley, usar promedios anuales de horas más amplios permitirá asignar tiempo y esfuerzo de manera más eficiente y resguardando derechos laborales. Así será viable para más trabajadores disfrutar de las anheladas 40 horas en empleos formales, más estables y productivos.
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