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Julio 11, 2026

La infraestructura del crecimiento. Por Jesus Juyumaya, PhD y Vera Voitova, PhD

Facultad de Economía y Negocios, Universidad Andrés Bello

Las economías que liderarán el futuro no serán únicamente las que construyan más carreteras, puertos o centros de datos. Serán aquellas que comprendan que la infraestructura más estratégica ya no es la que mueve bienes, sino la que desarrolla capacidades para crear conocimiento, adaptarse al cambio y transformar la innovación en crecimiento sostenible.


Cada vez que se publica un nuevo Imacec, el debate económico vuelve al mismo punto: cómo recuperar el crecimiento. La conversación se concentra en inversión, productividad, permisología, incertidumbre regulatoria y confianza empresarial. Todos son factores relevantes y parte de la solución. Sin embargo, seguimos dejando fuera una pregunta que probablemente será decisiva para el desarrollo de las próximas décadas: ¿estamos invirtiendo en la infraestructura que realmente necesita la economía del siglo XXI?

Durante gran parte del siglo pasado, el crecimiento económico estuvo estrechamente ligado a la construcción de infraestructura física. Carreteras, puertos, aeropuertos, redes eléctricas y sistemas logísticos redujeron costos, conectaron mercados y elevaron la productividad. Ningún país logró desarrollarse sin ese tipo de inversiones y Chile tampoco fue la excepción. Esa lógica sigue siendo válida, pero ya no es suficiente.

La economía cambió. La inteligencia artificial, la automatización y la digitalización están modificando la forma en que las organizaciones crean valor. Hoy las ventajas competitivas dependen menos del acceso a la tecnología y más de la capacidad para utilizarla. Dos empresas pueden comprar exactamente el mismo software o implementar la misma herramienta de inteligencia artificial y obtener resultados completamente distintos. La diferencia no suele estar en la tecnología, sino en las personas, en la calidad del liderazgo y en la capacidad de aprender y adaptarse más rápido que los demás.

Ese cambio obliga a ampliar nuestra propia definición de infraestructura.

Así como el siglo XX construyó infraestructura física para movilizar bienes, energía y personas, el siglo XXI deberá construir infraestructura de capacidades para movilizar conocimiento. Se trata del conjunto de capacidades humanas y organizacionales que permite incorporar tecnologías, liderar procesos de transformación, aprender continuamente y convertir la innovación en productividad.

No es una discusión sobre capacitación. Es una discusión sobre desarrollo.

Las economías más exitosas ya no compiten únicamente por atraer inversión o disponer de mejores recursos naturales. Compiten por desarrollar capacidades que les permitan absorber conocimiento, adaptarse al cambio e innovar de manera permanente. En este nuevo escenario, los activos intangibles —capital humano, liderazgo, gestión, aprendizaje organizacional y colaboración— explican una parte creciente de las diferencias de productividad entre empresas e incluso entre países.

Chile enfrenta precisamente este desafío. Mientras discutimos cuánto debemos invertir para acelerar el crecimiento, dedicamos mucho menos esfuerzo a debatir cómo desarrollar las capacidades que harán posible que esa inversión genere valor de manera sostenida. Podemos reducir la permisología, ampliar la infraestructura energética o atraer industrias tecnológicas. Pero si las organizaciones no cuentan con personas capaces de liderar la transformación, incorporar nuevas tecnologías y rediseñar la forma de trabajar, el impacto económico será necesariamente menor al esperado.

La inteligencia artificial representa con claridad este cambio. Su potencial no depende únicamente del acceso a modelos avanzados o plataformas digitales. Depende de trabajadores capaces de colaborar con estas tecnologías, de líderes preparados para transformar procesos y de instituciones que promuevan el aprendizaje continuo. Sin esas capacidades, incluso las inversiones tecnológicas más ambiciosas producen retornos limitados.

Lo mismo ocurre con las principales apuestas productivas del país. El hidrógeno verde, la minería del futuro o la manufactura avanzada requieren infraestructura física, desde luego, pero también demandan nuevas competencias, liderazgo adaptativo y organizaciones capaces de evolucionar al ritmo del cambio tecnológico. Sin esa base, las ventajas competitivas difícilmente serán sostenibles.

Por eso, quizás ha llegado el momento de ampliar la agenda del crecimiento. Durante décadas entendimos que construir carreteras, puertos o redes eléctricas era una condición indispensable para el desarrollo. Hoy enfrentamos un desafío equivalente: construir la infraestructura que permitirá conectar conocimiento, innovación y productividad.

La infraestructura de capacidades no reemplaza la infraestructura física; la complementa y multiplica su impacto. Es la condición que permite que las inversiones en tecnología, capital y obras públicas generen todo su potencial. Sin ella, seguiremos incorporando herramientas del siglo XXI con organizaciones que todavía operan bajo las lógicas del siglo XX.

El crecimiento de las próximas décadas dependerá, por supuesto, de cuánto invirtamos. Pero dependerá aún más de dónde decidamos invertir. Las economías que liderarán el futuro no serán únicamente las que construyan más carreteras, puertos o centros de datos. Serán aquellas que comprendan que la infraestructura más estratégica ya no es la que mueve bienes, sino la que desarrolla capacidades para crear conocimiento, adaptarse al cambio y transformar la innovación en crecimiento sostenible.

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