La fundición de Ventanas es una estatua viva a nuestra incapacidad de reinventarnos. Un vestigio del pasado que nos recuerda que no hemos imaginado un futuro. Un problema político, económico y social por no hacer la pega. Un mensaje irrevocable sobre cómo los relatos ortodoxos de izquierdas y derechas se equivocaron. El Estado no supo administrar un gran activo, y el mercado tampoco fue la herramienta para que esos trabajadores y recursos migraran a una industria limpia y competitiva.
Pasear por Quinteros nos revela que la industria, pública y privada, generó trabajos pero no progreso. Las termas de Ventana son una triste anécdota que nos recuerda que ahí se vive con los estándares de medio siglo atrás. El Estado no supo actualizar la regulación a tiempo ni ser eficaz con la fiscalización, y menos hablar de incentivos para desarrollar tecnologías limpias. Las empresas se apegaron a la norma insuficiente y se desentendió de sus vecinos, levantando la bandera de que el bienestar social es menester del Gobierno de turno. El rol suyo es solo cumplir la ley y facturar. Así, cada uno siguiendo su guion de antaño, trazaron un camino hacia un lugar adivinable. Todos sabíamos que este día llegaría. Y todos sabemos los otros días que llegarán.
La destrucción creativa sin duda es necesaria, pero para que sea a nuestro favor, necesitamos que esas nuevas empresas innovadoras tengan acento chileno. Y para que eso pase, no podemos recurrir a ideas obsoletas que probaron ser ineficaces. El Estado es por lejos el peor pagador del país y el peor empleador, entonces para hablar de empresas estatales primero necesitamos hablar de gobiernos corporativos e incentivos de un estándar desconocido hasta hoy. Por otro lado, pensar que el mercado solito va a desarrollar la industria del hidrógeno verde solo puede tener como origen el no saber que el Estado alemán planea invertir 200 mil millones de dólares en lo mismo. En el mundo no solo compiten las empresas, sino que también los países, y necesitamos definir cómo vamos a competir.
La ambiciosa lista de demandas y expectativas sociales solo puede ser abordado de la mano de un mercado laboral más competitivo que pague mejores sueldos, y de un modernizado Estado con los recursos necesarios para proveer servicios. Para lo anterior, es fundamental el crecimiento económico y de nuestra productividad, lo que está directamente ligado a nuestra capacidad de competir en el mundo y equilibrar nuestros mercados internos. Podrá sonar obvio, pero lo obvio por obvio se calla y por callado se olvida: necesitamos un plan. Una estrategia que nos permita consensuar un horizonte común y coordinar tanto inversiones como regulación.
Una estrategia de desarrollo para nuestro país permitiría resolver situaciones donde las decisiones individuales son subóptimas, generan fallas de mercado y terminan en pérdidas sociales irreparables. El caso de Ventana es un buen ejemplo: la tecnología, magnitud de inversión y escala de demanda necesaria para construir nuevas fundiciones de cobre, requiere de la coordinación entre múltiples empresas y el Estado. Probablemente, a cada jugador “no le conviene” invertir por separado, pero puede que al país sí le convenga un arreglo entre ellos. Sin embargo, por fallas de coordinación, cada una parcha su fundición a medias, no refina el cobre o subcontrata en otro país. Así, cada empresa optimiza su situación, pero Chile pierde oportunidades de negocio, conocimiento, acceso a tecnología y productividad.
El caso se repite en cada industria: agrícola, ganadera, financiera o turismo, en todas. En cada una de ellas hay oportunidades de inversión y regulación que estamos dejando pasar por ausencia de instancias de diálogo y un plan común. Las faltas de consenso y coordinación las pagamos todos: las empresas en lo que dejan de ganar, y el país al no desarrollarse. Por lo mismo, países como Alemania no dejan el desafío de su estrategia energética simplemente al mercado dentro de un rayado de cancha normativo, sino que invierte y promueve de manera deliberada la matriz energética, que es más beneficiosa para su población e industrias, balanceando precio y medioambiente. Tal como en el pasado nuestro país tomó decisiones para impulsar sectores como el minero, forestal o solar, hoy necesitamos que esa articulación sea en coordinación con el mundo privado y comunidades.
Si nos organizamos puede que nos vaya mejor a todos.
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