El apagón del 25 de febrero del año pasado dejó una lección que no debiera diluirse con el tiempo: la seguridad de suministro no es un concepto abstracto, sino una condición estructural para el desarrollo del país. Más allá de las causas específicas del evento, su magnitud evidenció la vulnerabilidad de un sistema eléctrico que, en pleno proceso de transformación, enfrenta crecientes exigencias operativas.
Chile ha avanzado de manera significativa en la descarbonización de su matriz eléctrica, con una alta incorporación de energías renovables variables en los últimos años. En efecto, el país ha superado el 60% de generación eléctrica en base a energías renovables, reflejando un progreso relevante, pero también una operación cada vez más exigente en términos de coordinación, flexibilidad y resiliencia del Sistema Eléctrico Nacional.
A medida que el país avanza hacia una economía crecientemente electrificada —con mayor digitalización, electromovilidad y cambios en los procesos productivos— la continuidad y estabilidad del suministro adquieren un carácter aún más estratégico. En este contexto, la transición energética no debiera evaluarse únicamente por la velocidad de incorporación de nuevas tecnologías, sino por su capacidad de asegurar un abastecimiento eficiente, continuo y confiable.
La seguridad de suministro no se limita a la capacidad instalada, sino que exige disponibilidad efectiva de energía en todo momento, incluso frente a eventos extremos o condiciones operativas adversas. En este marco, el almacenamiento energético cumple un rol creciente, pero la experiencia internacional muestra que aún se requieren soluciones de respaldo capaces de enfrentar períodos prolongados de variabilidad climática, fallas técnicas o contingencias sistémicas.
Asimismo, distintas fuentes de generación firme y flexible, junto con sistemas de almacenamiento y servicios complementarios del sistema eléctrico, aportan atributos técnicos esenciales para la estabilidad del sistema, tales como inercia, regulación de frecuencia y tensión, flexibilidad operativa y capacidad de recuperación tras interrupciones masivas. Estos atributos, muchas veces invisibles en el debate público, resultan fundamentales para la operación segura de sistemas eléctricos cada vez más complejos.
Chile cuenta, además, con una matriz diversificada y con infraestructura estratégica relevante, incluyendo centrales a gas natural en operación, terminales de GNL consolidados y gasoductos que permiten la integración energética con Argentina, en un contexto en que Vaca Muerta se ha consolidado como uno de los polos gasíferos más relevantes del mundo. Esta coordinación abre oportunidades concretas para fortalecer la seguridad eléctrica con costos competitivos y menores emisiones relativas.
A un año del 25F, la principal lección no es sólo operativa, sino también estratégica: un sistema eléctrico en transformación requiere fortalecer permanentemente su resiliencia y su capacidad de respuesta ante contingencias. La solidez de la transición energética no se mide únicamente por la incorporación de energías limpias, sino, sobre todo, por la capacidad del sistema de abastecer de manera eficiente, continua, segura y confiable a una sociedad cada vez más dependiente de la electricidad.
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