Por estos días presenciamos la realización de un funeral de Estado que debió conjugar la necesidad de rendir honores a quien detentó la primera magistratura de nuestro país con el dolor de sus cercanos, el reconocimiento público y la necesaria intimidad para la familia que sentía la trágica perdida de su ser querido. Así lo vivimos con las exequias del recién fallecido expresidente Sebastián Piñera (Q.E.P.D).
Desde este punto de vista, es oportuno repasar algunos aprendizajes político-comunicacionales.
En primer lugar, queda de manifiesto que cuando hay voluntad de acuerdo de las partes, el resultado es virtuoso para todos. Frente una tragedia como la que acabó con la vida del expresidente no cabe sacar dividendos pequeños. Así, la tragedia, el dolor y también el reconocimiento hacia el ex presidente se tomaron la agenda pública y permitió al país hacer una pausa para honrar a quien fuera electo dos veces para dirigir a Chile.
Naturalmente, la tragedia permitió a sus ex colaboradores y a su sector político agrupar sus fuerzas y desarrollar un relato de su líder que, si bien muchas veces lo criticaron, fue el único que los llevó democráticamente al gobierno desde Jorge Alessandri. Sus voceros privilegiaron el relato del presidente gestor, con grandes hitos en sus dos mandatos.
Una segunda constatación es que, pese a la baja de la popularidad durante su segundo mandato, recibió el homenaje masivo de una ciudadanía que lo consideró un buen presidente. La escena de largas filas de chilenos y chilenas bajo el sol esperando despedirlo por última vez valen más que mil palabras. Muchos símbolos de su gestión estuvieron presentes: la gesta de los 33 mineros, la batalla por las vacunas durante la pandemia y la épica de reconstrucción tras el terremoto de 2010.
El gobierno, por su parte, desplegó con fuerza el relato y los símbolos de la república. Instaló un clima de respeto, de reconocimiento, y propuso un relato referido al talante democrático del expresidente Sebastián Piñera, que votó por el No en el plebiscito de 1988 y que prefirió soluciones de consenso frente a grandes crisis.
Las acciones del gobierno fueron de respeto desde el minuto uno de la tragedia, representados en la primera vocería de la ministra del Interior, Carolina Tohá, la rápida designación del canciller Alberto Van Klaveren como coordinador del funeral de Estado, la guardia de honor de ministros y la sincera despedida del presidente Gabriel Boric, entre tantos otros gestos.
Cuesta entender que, instalado un clima de acuerdo, reencuentro y mutuos reconocimientos, donde priman los afectos, las formas y símbolos republicanos, rápidamente se desvirtúen con cuestionamientos que invitan a la cultura de la cancelación y a la nociva polarización, que tanto daño le hace a la política y aleja a la ciudadanía de la democracia.
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