La agresiva política internacional de Estados Unidos, iniciada durante el primer mandato de Donald Trump y recargada en el actual, llegó para quedarse. Es probable que su versión más extrema sea la que estamos presenciando en la actualidad, con un presidente estadounidense que amenaza a todos y por todo con aranceles de dos o incluso tres dígitos por cualquier razón. Pero esto no implica que la política pueda suavizarse en el futuro o volverse más racional -si es que cabe dicho concepto en una política que empobrece, fragmenta y hace más peligroso al mundo-, no si será menos dañina en términos económicos y geopolíticos.
Todo indica que, aparte de las particularidades aportadas por Trump, los próximos gobiernos -sean demócratas o republicanos- seguramente seguirán un camino similar, aunque con matices, manteniendo el nacionalismo económico y eventuales cambios en el enfoque general solo en el margen.
Es una ingenuidad pensar que, terminado el segundo período presidencial de Trump, se volverá a un manejo más racional de los instrumentos de política y del bullying de la primera potencia global sobre el resto del mundo. No sabemos con qué profundidad, pero el mundo que funcionaba, más o menos, con reglas para todos que respetaban los grandes (y obviamente los chicos, que son los más beneficiados) se acabó. El nacionalismo está haciendo avances en muchos países, principalmente por la inmigración.
El partido republicano estadounidense ya no es el internacionalista de Reagan o los Bush, sino el de Trump, que ve las relaciones con el resto del mundo como un juego de suma cero y, retirado él, los líderes del partido que lo reemplacen serán parecidos, al menos por muchos años. Los demócratas ya se sumaron al juego, lo que quedó en evidencia durante la presidencia de Biden, que mantuvo los aranceles de Trump y aprobó sus propias políticas proteccionistas. El control de la inmigración también se mantendrá, aunque tal vez con menos intensidad.
No está claro cuándo y en qué nivel se estabilizarán los aranceles de Estados Unidos, pero el estado de incertidumbre y volatilidad no debería durar demasiado tiempo más porque está dañando a la propia economía estadounidense, aunque los mercados estén ignorando tal posibilidad.
Lo que sí está claro es que Estados Unidos está modelando una nueva política imperialista o hegemonista que combina variables económicas (aranceles y sanciones), militares (te vendo mis servicios de protección si los quieres) y de fuerza (amenazas, especialmente a sus vecinos y países pequeños si no se acomodan a sus objetivos). Esto con el fin de conservar su posición de potencia global dominante en que los intereses de Estados Unidos son (casi) lo único que importa.
La única posibilidad de que este nuevo modelo no se consolide y se mantenga en el futuro reside en que el daño económico que se produzca sea lo bastante intenso como para que las elecciones de mitad de período, en noviembre de 2026, sean suficientemente desastrosas para los republicanos, pero esto requiere que los demócratas encuentren un camino razonable que ofrecer a los estadounidenses y no caigan en la tentación de apoyar el izquierdismo infantil que ha defendido un sector del partido y que explica en parte la derrota de noviembre del año pasado.
En resumen, todavía hay muchas cosas sueltas y que no se sabe cómo se van a decantar en la política de Estados Unidos y, por lo tanto, con qué matices va a subsistir el trumpismo sin Trump.
En este escenario hostil, a un país pequeño como Chile no le queda más que ser absolutamente pragmático e intentar mantener las mejores relaciones con sus dos principales socios comerciales, anticipándose a posibles situaciones conflictivas que pudieran surgir respecto de temas comerciales, políticos o de cualquier otra naturaleza. Profundizar relaciones con otros países grandes, como India e Indonesia, para diversificar más la cartera de clientes, debe formar parte de estos esfuerzos, pero teniendo claro que tienen un límite natural bastante rígido.
Lo más importante, en todo caso, es fortalecer la macroeconomía, especialmente en el frente más débil, el fiscal y la microeconomía, en todo aquello que limita la flexibilidad, por ejemplo, en el mercado del trabajo, en las regulaciones y debe retomarse la colaboración público-privada que dio tan buenos resultados en los noventa y la primera década de este siglo.
En pocas palabras poner todos los esfuerzos en mejorar la capacidad de crecimiento, especialmente de la productividad vía capacitación y asimilación de nuevas tecnologías. En los próximos cuatro años, eso sí, hay que poner el énfasis en vivienda, energía e infraestructura (ver al respecto mi columna del 25 de mayo pasado) y generar las condiciones para que, en los siguientes cuatro, se pueda profundizar en lo planteado en este párrafo.
Como se puede ver, da un poco lo mismo cuál sea la dirección precisa en que se mueva el mundo, lo que tiene que hacer Chile para progresar es más o menos lo mismo, en cualquier caso. Así que, aprovechando que hay elecciones en noviembre próximo, recomiendo a quienes hayan llegado hasta aquí, que revisen la oferta electoral intentando descubrir quienes, si alguien, ofrece algo parecido a lo que planteamos en esta columna, o solo humo, políticas efectistas y/o simpatía.
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