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Agosto 31, 2025

De retórica, balances y silencio fiscal. Por Tomás Rau

Profesor titular UC

Pareciera que olvidamos que el trabajo riguroso y despolitizado logró el “milagro chileno”, que terminó opacado por gestiones deficientes y decisiones cortoplacistas. Debemos cambiar el rumbo; de lo contrario terminaremos, como en la cumbia de Chico Trujillo, cantando: “está la escoba, está la escoba”.


En Chile hemos cultivado un arte curioso: hablar de economía con abundancia de tecnicismos y eufemismos que brillan por su forma y no por su fondo, mientras los silencios se reservan para lo que verdaderamente incómoda. Una narrativa económica que suena sofisticada, aunque evita mirar de frente sus propias contradicciones.

Se asegura que la economía ha recuperado sus equilibrios básicos. Sin embargo, los datos son tercos: el crecimiento acumulado ha sido uno de los más bajos desde la vuelta a la democracia. También se nos dijo que se cuidaría la disciplina fiscal, pero el expansionismo no dio tregua: la deuda pública fue de 37,9% del PIB en 2022 y se estima que cierre en 42,2% este año.

Y el déficit estructural de 2024 llegó a 3,2%, muy por encima de la meta de –1,9%. Para 2025, la meta inicial era –1,1%, pero Hacienda la relajó a –1,6% y aun así terminará más cerca de –1,8%. En buen chileno: no hubo ajuste, se patea la pelota y se deja la cuenta al próximo gobierno.

Por si fuera poco, ya no hay ahorros: el Fondo de Estabilización Económica y Social (FEES) cayó de US$8.148 millones en marzo de 2022 a apenas US$3.618 millones a fines de 2024. Recursos que se supone estaban para emergencias terminaron usándose para financiar gasto corriente. Y como si no bastara, vino el manotazo a CORFO por US$3.500 millones, tanto así que su propio vicepresidente ejecutivo se abstuvo de firmar el traspaso, advirtiendo sobre el daño patrimonial.

El mercado laboral tampoco ofrece alivio: la tasa de desempleo se ubica en 8,7%, un nivel que en nuestra historia reciente solo se veía en recesiones. Detrás de ese número hay empleos que no se crean, jóvenes que siguen esperando una oportunidad y familias que sienten la fragilidad de su situación económica.

Cuando nuestros vecinos ya recuperaron los niveles de empleo previos al COVID, Chile sigue atrapado en el letargo progresista. Y en medio de esa fragilidad, las grandes reformas sociales han terminado convirtiéndose en cargas adicionales para las personas. En la reforma de pensiones, tan celebrada, lo aprobado fue, en la práctica, un préstamo forzoso de los trabajadores al Estado para pagar jubilaciones presentes.

En el nuevo esquema de Financiamiento para la Educación Superior (el “otro” FES) se impone un impuesto al graduado para cubrir los costos, sin mencionar su mal diseño que pone en riesgo el sistema universitario en su conjunto. Llama la atención que, para evitar el descalabro fiscal, se le cargue la mano a las personas justo en este momento tan delicado.

Así, el debate público ha terminado atrapado en una combinación de retórica circular y silencios calculados. Discursos técnicos que marean más que explican y silencios persistentes en torno a lo que incomoda de verdad: el ajuste que tarde o temprano será necesario, la magnitud del deterioro fiscal, la crisis del mercado laboral.

Lo más preocupante es que el futuro tampoco ofrece demasiado respiro. Según el IPOM de junio 2025, el crecimiento esperado para 2026 es apenas de 2%. Es decir, el país enfrentará vencimientos crecientes de deuda, más endeudado, con menor dinamismo y sin ahorros, luego de que Hacienda decidiera consumir los ahorros acumulados durante años.

Atrás quedaron los años de crecimiento económico, reducción de la pobreza y orden fiscal. Pareciera que olvidamos que el trabajo riguroso y despolitizado logró el “milagro chileno”, que terminó opacado por gestiones deficientes y decisiones cortoplacistas. Debemos cambiar el rumbo; de lo contrario terminaremos, como en la cumbia de Chico Trujillo, cantando: “está la escoba, está la escoba”.

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