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Enero 3, 2026

El algoritmo de la estafa: ¿Por qué la educación financiera es la última línea de defensa? Por Eric Salinas Mayne

Académico de Ingeniería Comercial de la Universidad Andrés Bello

Aprender a desconfiar de promesas de rentabilidad mágica, comprender que la urgencia y la presión emocional son herramientas clásicas del estafador, y entender que los datos personales son hoy uno de los activos más valiosos, no puede seguir siendo conocimiento reservado a expertos. Son competencias básicas para sobrevivir en la economía digital.


La era digital nos ha regalado inmediatez, acceso y comodidad, pero también ha abierto una puerta trasera por la que se escapa, silenciosamente, el patrimonio de miles de familias. Hoy, las redes sociales no son solo vitrinas de nuestra vida privada; se han transformado en uno de los terrenos más fértiles para el fraude financiero. Lo que antes requería un asalto físico o una estafa presencial, hoy se concreta con un mensaje de WhatsApp, un correo aparentemente legítimo o una publicidad engañosa en Instagram que promete rentabilidades imposibles.

Este fenómeno no es aislado ni marginal. Es global, sistemático y cada vez más agresivo. Basta observar lo ocurrido en Canadá, un país con instituciones sólidas y altos estándares de seguridad, que estima pérdidas por estafas cercanas a los mil doscientos millones de dólares en un solo año. Si una economía de ese tamaño y madurez tambalea frente al avance de las bandas digitales, la señal para Chile es clara y preocupante. El fraude financiero ya no es una anomalía del sistema: se ha convertido en una amenaza estructural.

En nuestro país, las cifras confirman esta tendencia. Datos recientes entregados por el Banco Central, el Instituto Nacional de Estadísticas y la Dirección del Trabajo revelan que las denuncias por fraude crecieron un 64% durante el tercer trimestre. No se trata solo de más casos reportados, sino de un fenómeno que se profundiza y se diversifica. Un estudio de la Universidad Andrés Bello sobre fraudes financieros advierte que seis de cada diez chilenos declara haber sido víctima de una estafa en el último año, y lo más alarmante es que los montos defraudados van en aumento. El daño no es solo económico: se instala una desconfianza creciente hacia el sistema financiero en su conjunto.

La digitalización financiera ha avanzado a gran velocidad en Chile, facilitando pagos, inversiones y transferencias desde un teléfono móvil. Sin embargo, la seguridad y la educación no siempre han acompañado ese proceso. El perfil de la víctima ya no se limita al adulto mayor; hoy son jóvenes, profesionales y emprendedores quienes caen en aplicaciones de inversión fraudulentas, criptonegocios inexistentes o esquemas piramidales disfrazados de “oportunidades digitales”.

La pregunta inevitable es por qué este delito sigue creciendo con tanta fuerza. La respuesta combina dos factores clave. Por un lado, la sofisticación de los delincuentes, que hoy utilizan inteligencia artificial, clonación de identidades y técnicas de ingeniería social altamente persuasivas. Por otro, una vulnerabilidad crítica: la falta de educación financiera básica en amplios sectores de la población. Hemos entregado acceso total al sistema bancario desde el celular, pero sin un “manual de instrucciones” que permita reconocer un engaño a tiempo.

En este punto, la responsabilidad no puede seguir descansando únicamente en las plataformas digitales o en las policías especializadas. El combate contra el fraude no se ganará solo con bloqueos de cuentas o persecución penal posterior. La verdadera batalla se libra antes, en la prevención, y esa prevención pasa necesariamente por la educación. Chile necesita con urgencia incorporar una alfabetización financiera robusta, sistemática y obligatoria desde la etapa escolar.

Aprender a desconfiar de promesas de rentabilidad mágica, comprender que la urgencia y la presión emocional son herramientas clásicas del estafador, y entender que los datos personales son hoy uno de los activos más valiosos, no puede seguir siendo conocimiento reservado a expertos. Son competencias básicas para sobrevivir en la economía digital.

Si no avanzamos decididamente en esta dirección, seguiremos intentando apagar un incendio forestal con un vaso de agua. La prevención es siempre más económica, más efectiva y más humana que la persecución del delito una vez consumado. De lo contrario, las cifras seguirán rompiendo récords mientras el patrimonio de miles de chilenos se diluye en el vacío de la red. El fraude digital es una pandemia silenciosa, y su vacuna se llama educación financiera.

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