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El rol de las empresas en la sociedad: un debate necesario. Por Tomás Sánchez

Socio de Valoriza e investigador asociado de Horizontal.

Si queremos crecimiento, salarios altos y menos desigualdad, necesitamos más y mejores empresas, y un debate que las trate con seriedad: ni demonios ni santos, sino actores claves en un proyecto de país. Ponerlas al centro de la conversación, sin caricaturas, es un paso para recuperar confianza, atraer inversión y construir un país que progresa no por discursos, sino por resultados.


El rol de la empresa en la sociedad sigue siendo una conversación abierta, y lamentablemente, mal planteada. En medio de la campaña presidencial el tema no aparece: solo hablamos de “crecer”, pero rara vez de como esto se logra. Muchas frases de alto nivel, pero escaso detalle sobre cómo convertir más pymes en medianas y medianas en grandes. Parece que desconocemos que el crecimiento pasa por más y mejores empresas, y que ellas son protagonistas en el desarrollo del país.

El contexto internacional tampoco ayuda. La elección de Trump cambió los planes de miles de corporaciones: volvieron a la calculadora pura, relegaron su agenda de diversidad y energía limpia, y dudan si el libre comercio vale tanto como hace décadas. ¿De verdad la estrategia de una empresa debe oscilar con el ánimo político del día? ¿Qué variable real de mercado cambió para justificar giros tan bruscos? ¿Cuáles son las convicciones de esos directorios: las de hoy o las de hace tres años?

Las empresas, como la sociedad, son diversas. Algunas buscan solo rentabilidad y otras que declaran objetivos de impacto; entre medio, una gama amplia y legítima mientras cumplan la ley y el mandato de sus accionistas. Lo preocupante es la pobreza del debate sobre su lugar en la vida pública, pese a su protagonismo: resuelven problemas, crean empleo, invierten y arriesgan capital. En muchas comunas, lo que decide una empresa pesa más lo que se discute en consejos comunales. Y, aun así, conversamos poco de cómo operan, qué aportan, qué necesitan y que necesitamos de ellas.

Parte del problema es nuestra mirada binaria. Un extremo las trata como un mal necesario cuya única virtud es pagar impuestos. El otro las idealiza como motor infalible, a veces complaciente frente a sus propios desafíos. A nivel individual el 51% de las personas confían mucho o bastante en la empresa dónde trabajan, pero ese porcentaje baja a 28% cuando hablan de los empresarios en general. Esa disonancia alimenta la inestabilidad. Dicho de otro modo ¿Cuánta estabilidad ganaríamos si todos entendiéramos mejor el quehacer y el rol de las empresas en la sociedad?

La invitación, entonces, es a revindicar la actividad empresarial poniéndola en el centro de la conversación, no para aplaudirla sin crítica, sino para discutir en serio sus desafíos y responsabilidades. Reconocer su aporte —empleo formal, inversión, e innovación— no es incompatible con plantear las necesidades y regulaciones que necesita la sociedad.

A su vez, el quehacer empresarial sin duda se robustecería con una discusión más fina sobre ética empresarial más allá de la ley. No todo cabe en la etiqueta “ESG” ni todo se resuelve con una multa. Hablemos de conflictos de interés, trato a proveedores, seguridad laboral, servicio al cliente, cumplimiento regulatorio, deberes frente a los accionistas y los trade-off implícitos en cada decisión. También de convicciones: qué principios no cambia una empresa, aunque cambie el ciclo político; qué compromisos sostendrá, aunque el trimestre apriete.

Esto nos permitirá poner a las empresas en su lugar: uno de protagonismo, sin eludir sus responsabilidades. Su rol crucial en la construcción de desarrollo y bienestar es crucial y necesita ser ampliamente comprendido.

Si queremos crecimiento, salarios altos y menos desigualdad, necesitamos más y mejores empresas, y un debate que las trate con seriedad: ni demonios ni santos, sino actores claves en un proyecto de país. Ponerlas al centro de la conversación, sin caricaturas, es un paso para recuperar confianza, atraer inversión y construir un país que progresa no por discursos, sino por resultados.

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