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Marzo 11, 2025

Entendiendo el apagón. Por Luis Llanos

Profesor de Ingeniería Industrial de la Universidad de Chile

El apagón del 25 de febrero dejó al descubierto la fragilidad del sistema eléctrico chileno, mostrando fallas en protocolos, gestión y coordinación. La lenta recuperación y la falta de respuesta adecuada revelan que el país no está preparado para enfrentar futuras fallas con eficacia.


Como sociedad nos hemos hecho crecientemente dependientes de un suministro eléctrico confiable y omnipresente. En el 2000, la Academia Nacional de Ingeniería de Estados Unidos consideró la red de transmisión eléctrica como el logro de ingeniería más importante del siglo XX, por encima del automóvil, el avión y las computadoras.

En Chile, teníamos la percepción de haber establecido un sistema eléctrico confiable y robusto, y que, ante fallas, los protocolos y los sistemas de control aseguraban absorber la contingencia con impactos acotados y una recuperación rápida de estos.

El apagón del pasado 25 de febrero (25F) desmintió esto de un golpe. Tres fallas en cadena revelaron no solo la fragilidad del sistema, sino también problemas gestión y coordinación, deficiencias en la aplicación de protocolos, falta de pericia y, en última instancia, una responsabilidad diluida entre múltiples actores que parecen más preocupados de justificar sus errores que de evitarlos.

La primera falla, iniciada en la subestación Pan de Azúcar, se asemeja demasiado a otra ocurrida en 2020, cuando un evento similar provocó un evento de black out. En aquella ocasión, la Superintendencia de Electricidad y Combustibles (SEC) decidió no aplicar sanciones, argumentando que la activación errónea de un interruptor era un caso asimilable a una “fuerza mayor”. Es inevitable preguntarse si esa desconexión accidental era lo único relevante y si esa laxitud en el análisis no contribuyó a la repetición del problema.

Lo que marcó la diferencia esta vez fue el descontrol total que vino después. Hasta ahora, se consideraba poco plausible que una perturbación aislada terminase desconectando todo el sistema nacional. Si el colapso se extendió de Arica a Chiloé es porque las protecciones de la red no estaban configuradas adecuadamente permitiendo el colapso en cadena, igual que fichas de dominó.

Mecanismos automáticos debieron compartimentar la red, despejar cargas y equilibrar los subsistemas-isla resultantes. ¿Por qué no ocurrió esto? ¿Negligencia, errores humanos, decisiones comerciales que priorizaron costos antes que seguridad? ¿Las instalaciones estaban operando con el criterio de N-1?* Son preguntas que el Coordinador Eléctrico Nacional aún no responde con claridad.

El tercer acto de este desastre fue la lenta y errática recuperación del servicio. En teoría, el restablecimiento de la energía debería haber tomado unas dos horas, especialmente por no haber una avería que reparar. Pero, en algunos sectores, pasaron más de ocho. Hubo fallas en la comunicación entre la Central de Despacho y las empresas, sistemas de control no operativos, intentos fallidos de reconexión y una evidente falta de preparación para manejar una situación de esta magnitud.

La excesiva centralización en el manejo de la crisis agravó el problema. El Coordinador Eléctrico Nacional alega que las empresas no le obedecían. Si esto es cierto, es más que preocupante. Si no lo es, estamos ante una grave falta de liderazgo técnico. En ambos casos, la conclusión es la misma: el sistema es más frágil de lo que creíamos y sus gestores no están a la altura.

Lo ocurrido el 25F no es solo un problema técnico. Es una alerta sobre la gobernanza del sistema eléctrico, sobre cómo se toman decisiones y sobre la rendición de cuentas. Porque más allá de los informes y excusas que vendrán, hay una certeza incómoda: este apagón podría repetirse.

La red está siempre transformándose, con el mayor uso de energías renovable y nuevas tecnologías como sistemas de almacenamiento en baterías. Esta evolución ofrece oportunidades y desafíos a cómo responder a perturbaciones y dar confiabilidad a la red. Hay muchas situaciones que pueden generar problemas severos en la red: desde terremotos, atentados (incluido el ataque cibernético) hasta perturbaciones geomagnéticas.

La próxima vez que se presente una falla como la del 25F, ojalá tengamos una respuesta adecuada. Esto porque: la falla fue anticipada, su respuesta ha sido detalladamente modelada y ensayada, y todos los actores son diestros en ejecutar las tareas que los protocolos les asignan. En síntesis, el sistema debe ser capaz de coordinar a todos los actores del sector. ¿Estamos preparados?

 

(*) Principio según el cual la red debe permanecer en funcionamiento incluso durante la pérdida no programada de un componente importante, unidad de generación o conexión.

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