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“Es la política, estúpido” II. Por Marcos Lima

Profesor MBA para la Industria Minera. Ingeniería Industrial, Universidad de Chile y socio de CIS Consultores
Crédito: Agencia Uno.

Sólo recordar que el sector privado genera el 80% del PIB nacional y, por consiguiente, aumentar la productividad es una tarea que lo tiene como actor principal. Es cierto, la permisología explica en parte que estemos sin crecer en la PTF desde el año 2005, quizás también la calidad de los Gobiernos que hemos tenido desde entonces, pero la responsabilidad de quienes dirigimos las empresas privadas es… ineludible.


Hace varias semanas escribí una columna con este título, haciendo referencia a la contradicción entre los buenos resultados que está mostrando la economía chilena y la “sensación térmica” negativa de cómo las personas la perciben, a partir del sesgo que introducen las anteojeras ideológicas.

Las buenas noticias han seguido ocurriendo: la baja experimentada por la inflación durante diciembre (-0,5%), el crecimiento de la inversión de grandes proyectos para los próximos cinco años reflejado en el informe de la Corporación de Bienes de Capital (CBC), empujada por la recuperación de las inversiones mineras (35%), y también el crecimiento económico del último trimestre debiera evitar la tan pronosticada recesión para el año que recién termina.

Revisando la prensa internacional se observa que esa asimetría entre resultados y percepciones está presente nada menos que en los Estados Unidos. Lejos están los tiempos en que la famosa frase de la campaña del presidente Clinton “Es la economía, estúpido” reflejaba el foco de interés de la ciudadanía.

A pesar de los buenos resultados en crecimiento, control de la inflación y empleo, la mayoría de los ciudadanos está pesimista. Al decir de un famoso columnista del New York Times y premio Nobel de Economía, Paul Klugman: “Cuanto más lo investigo, más me convenzo de que gran parte de lo que parece una mala percepción pública sobre la economía es en realidad solo republicanos enojados porque Donald Trump todavía no es Presidente”. Lo mismo aparece en The Economist que la semana pasada se preguntaba “¿Por qué los estadounidenses están tan molestos con su economía? Hace un año, se esperaba ampliamente una recesión. En cambio, la economía crece. La inflación es dolorosa, pero no alcanzó los niveles que soportaron los europeos”, aunque su explicación del fenómeno va más allá del sesgo partisano, y agrega la inflación y las secuelas de la pandemia.

Tres eran las recomendaciones que hacíamos para salir de la depresión colectiva y volver a la senda de la concordia y el progreso: mirar lo que sucede fuera de nuestras fronteras, promover proyectos emblemáticos y que la empresa le devuelva al país la confianza en su desarrollo.

Si seguimos la primera, el resultado no puede ser más positivo. En un análisis de fin de año de la revista The Economist, Chile aparece en el séptimo lugar como la economía de mejor performance entre 35 países de la OCDE utilizando cinco indicadores: inflación (sin volátiles), “amplitud de la inflación”, crecimiento del PIB y del empleo, y comportamiento de los mercados bursátiles.

También nuestro país aparece a la cabeza de los países latinoamericanos en la medición de competitividad del Foro Económico Mundial de Davos, entregado esta semana, que incluyó cuatro criterios: Innovación, Inclusión, Resiliencia y Sostenibilidad. En el último criterio, Chile alcanza puntaje máximo en varios indicadores (energías renovables, brecha eléctrica urbana/rural, recursos hídricos, provisión de alimentos), incluso superando a las economías de los países ricos. Además, el profesor Rodrigo Wagner, al presentar un adelanto de este ranking en la Universidad Adolfo Ibáñez, mostró que Chile ha sido el país de América Latina (incluyendo Estados Unidos, Italia, España y Portugal) con más bajos índices de corrupción en los últimos 15 años.

Sin embargo, en vez de aplaudir estos éxitos, algunos economistas se han dedicado a criticar la calidad de los indicadores (llegando a decir que The Economist está en decadencia) y otros a instalar la idea que Chile está “al final de la tabla en América Latina”. Este último dictum, repetido una y otra vez, me recuerda la frase que Chile es “el país más desigual del mundo”.

En cuanto a los proyectos de alto impacto, catalizador de un cambio de actitud, qué mejor ejemplo que el acuerdo SQM-Codelco que deja a los actores en una inmejorable situación para explotar la riqueza del Salar de Atacama, el “Golfo Pérsico” del litio, y al Fisco con la posibilidad de recaudar grandes cifras. Esto, tanto por la tributación como por el arriendo de las pertenencias y la cuota de utilidades que le corresponderá por la participación en la propiedad de la empresa conjunta, a través de Codelco. Qué distinta actitud han tenido los especialistas en este caso. Prácticamente todos han valorado el acuerdo y, salvo la crítica de algunos sobre el procedimiento empleado (sin licitación), se espera que éste se materialice sin contratiempos.

Es claro que la tarea de empujar el crecimiento económico no es fácil. Es por ello que celebramos, en aquella responsabilidad de los empresarios de tirar el carro, la decisión del grupo Luksic de invertir US$ 4.400 millones en el proyecto Centinela, de los cuales se espera materializar US$ 2.700 millones este año. Lo mismo el sentido de clúster que refleja el acuerdo marco entre Codelco y AMSA para trabajar en torno a iniciativas sobre “extracción, procesos metalúrgicos, monitoreo y gestión de relaves, transformación digital, innovación abierta y operacional, y excelencia operacional” mostrando que colaborar es el camino. Al respecto, la iniciativa de SOFOFA Hub, muy impulsada por su presidenta Rosario Navarro, tiene como propósito “acelerar la innovación colaborativa y el desarrollo sustentable vinculando a la empresa con el ecosistema de innovación y emprendimiento nacional e internacional”, lo que también es digno de destacar en un país enfermo de desconfianzas mutuas.

Sin embargo, no todo es positivo. Las cifras sobre productividad de la Comisión Nacional de Evaluación y Productividad (CNEP) muestran una caída de 1,8% y 2,4% para la economía agregada (que incluye al sector minero) y entre 1,8% y 2,6% para la economía sin minería (excluye el sector minero), sumándose a décadas de deterioro competitivo.

¿Cuántas empresas tienen indicadores de productividad entre aquellos que revisan mes a mes en sus directorios?

¿La minería ha seguido las recomendaciones del informe elaborado por la CNEP hace ya varios años, tal como está ocurriendo con tanto éxito con el correspondiente al Ministerio de Salud, en el plan piloto de Centros Regionales de Resolución?

¿En qué momento las empresas privadas se decidirán a gastar en I+D+i para superar el 0,34% del PIB, que nos tiene en los últimos lugares de la OCDE?

¿Estamos incorporando la Inteligencia Artificial, la automatización y la robótica en los procesos productivos?

¿Se capacita para aumentar conocimientos y destrezas de los trabajadores en la empresa y así enfrentar de mejor forma la revolución 4.0?

Preguntas como éstas son muchas. Sólo recordar que el sector privado genera el 80% del PIB nacional y, por consiguiente, aumentar la productividad es una tarea que lo tiene como actor principal. Es cierto, la permisología explica en parte que estemos sin crecer en la PTF desde el año 2005, quizás también la calidad de los Gobiernos que hemos tenido desde entonces, pero la responsabilidad de quienes dirigimos las empresas privadas es… ineludible.

Recordemos una vez más al Padre Hurtado: “No nos quejemos de los tiempos, seamos nosotros mejores y los tiempos serán mejores… nosotros somos el tiempo”.

 

También puede leer: La inversión, el talón de Aquiles de la economía chilena

 

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