En Chile llamamos empresas grandes a aquellas que vende apenas US$4 millones al año, mientras en Estados Unidos la categoría empieza recién sobre US$1.000 millones. Esa brecha conceptual importa porque condiciona políticas y aspiraciones: si la vara es baja, premiamos el conformismo. Además, distorsionamos el entendimiento de la realidad, comparando peras con manzanas. Hoy existen apenas poco más de cien firmas chilenas que son “grandes de verdad” (bajo la definición de EE.UU.), corporaciones que empleando solo al 3,6 % de la fuerza laboral formal generan el 47 % de las ventas del país.
Una diferencia de productividad brutal frente al resto de la economía que se traduce en pagar sueldos sustancialmente mayores. Una receta obviada frente a nuestros ojos; desarrollarnos pasa en buena medida por crear más empresas grandes.
Para hacerlo, necesitamos enfocarnos en lo que necesitan las empresas medianas de verdad –aquellas entre US$4 y US$50 millones– para dar un salto en órdenes de magnitud.
Crear más empresas grandes no es un juego de vanidades; es la base material del desarrollo. Las organizaciones de escala traen gerencias profesionales, mayor investigación, mejores procesos, creación de marcas, inversión en tecnología y planes de carrera más competitivos, para construir organizaciones capaces de exportar servicios y tecnología, no solo cobre, celulosa, fruta o salmón.
Una firma con ventas sobre mil millones de dólares tiene sueldos en promedio de al menos el doble que una empresa con ventas por US$5 millones. Mejorar productividad y sueldos es la forma sustentable y material hacía un mejor futuro. Sin empresas grandes de verdad, seguiremos hablando de grandeza desde la medianía.
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