La falta de consenso en nuestra élite política ha trascendido la categoría de mera característica coyuntural para arraigarse como una situación permanente. Lo que alguna vez podría haber sido considerado como meros desacuerdos temporales se ha convertido en un patrón constante que socava la esencia misma de la convivencia democrática. Esta degradación en la capacidad de nuestros líderes políticos para encontrar puntos en común ha empezado a permear incluso en los debates fundamentales.
La escena política ha sido testigo de un ejemplo elocuente de esta situación, manifestado en la proliferación de acusaciones constitucionales durante los últimos dos periodos presidenciales. En el transcurso de estos cinco años, un total de 14 acusaciones han sido interpuestas, representando casi la mitad de las 30 acusaciones formuladas desde el regreso a la democracia. Esta táctica, que en un principio estaba reservada como último recurso, ha evolucionado hasta convertirse en una herramienta inmediata para presionar al Gobierno en turno.
El período posterior a la crisis de octubre de 2019, bajo la presidencia de Sebastián Piñera, esta medida fue empleada por el actual oficialismo para complicar aún más una administración que ya enfrentaba desafíos inéditos en nuestra historia contemporánea. Sorprendentemente, esta dinámica no ha amainado, sino que ha ido en aumento. Las derechas también han recurrido a esta táctica con intensidad, presentando cinco acusaciones constitucionales en el mismo año y medio, mientras que el Frente Amplio, en ese mismo lapso, ha interpuesto tan solo una.
Las implicaciones de esta carencia de acuerdos y la creciente polarización. La incapacidad de lograr consensos efectivos en ya distintos temas esenciales tiene un impacto directo en el bienestar cotidiano de los ciudadanos. Además, la disminución de la confianza en las instituciones políticas y en la élite en general crea el caldo de cultivo ideal para el populismo. No es novedad que los líderes populistas capitalizan esta desconfianza, prometiendo soluciones sencillas a problemas complejos, en ambientes justamente como los que vivimos.
Con todo, la falta de consensos en la élite política trae consigo consecuencias profundas que reverberan en toda la sociedad. Desde la inmovilización en la toma de decisiones hasta el fortalecimiento del populismo, estas implicaciones no solo debilitan nuestra democracia, sino que amenazan la estabilidad y el avance de nuestra nación. Es imperativo que nuestros líderes políticos reconozcan la importancia de superar las diferencias ideológicas en favor del bienestar común, antes de que las consecuencias se vuelvan aún más perjudiciales y difíciles de revertir.
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