Algo importante está por llegar

Tiempo restante
00 Días
00 Horas
00 Minutos
00 Segundos

Noviembre 19, 2025

La verdad incómoda detrás de los agentes de IA y la productividad. Por Patricio Pérez

Socio adjunto en Inteligencia Artificial y Datos de EY Chile

Los agentes de inteligencia artificial no son una bala de plata. Son una herramienta extraordinariamente útil para resolver lo accidental, pero no pueden reparar lo que pertenece al corazón de cómo funcionan las organizaciones.


Hace diez años, por motivos de estudios, tuve la oportunidad de leer el conocido paper de ingeniería de software de Fred Brooks, No Silver Bullet (1987). Su mensaje era directo y sorprendentemente vigente: en tecnología, y en las organizaciones en general, no existen balas de plata. Hay problemas accidentales, que pueden mitigarse con herramientas, y problemas esenciales, inherentes al trabajo humano y que ninguna tecnología elimina por completo.

En los últimos meses, la acelerada adopción de agentes de inteligencia artificial ha reactivado esa discusión. La tendencia es clara: iniciativas en todo tipo de industrias buscan incorporar agentes para automatizar flujos, responder consultas, procesar información o asistir en tareas operativas. En muchas organizaciones se percibe una expectativa implícita, y a veces explícita, de que estos agentes representan la solución definitiva al problema de la productividad.

Es cierto que los agentes de IA muestran un potencial notable, probablemente más transformador que cualquier salto tecnológico reciente, incluidos los RPAs. Pero, siguiendo la distinción planteada por Brooks, estas mejoras se concentran mayoritariamente en el ámbito de las complejidades accidentales. Y esto tiene implicancias profundas para las empresas que creen estar resolviendo desafíos estructurales.

Las complejidades accidentales corresponden a tareas difíciles o costosas, pero que no definen el núcleo del problema organizacional. En este terreno, la capacidad de los agentes es evidente: pueden analizar documentos regulatorios, redactar reportes, procesar grandes volúmenes de información, consolidar fuentes dispersas o generar borradores de políticas internas. También revisar casuística histórica, identificar riesgos normativos, estructurar argumentos técnicos o preparar presentaciones ejecutivas casi instantáneamente, incluso accediendo a sistemas para tomar acciones derivadas de un análisis.

En minería ya observamos agentes capaces de generar reportes de producción, revisar bitácoras y asistir labores de mantenimiento, o analizar contratos complejos. En energía, ayudan a preparar respuestas técnicas al operador del sistema, interpretar normativas que cambian mes a mes y modelar escenarios regulatorios. En retail aceleran la revisión de planogramas, el análisis de inventarios, las evaluaciones de proveedores o páginas de producto y elevan la atención al cliente en canales digitales.

El valor de estas capacidades es evidente. En tareas específicas, los aumentos de productividad pueden ser enormes: lo que antes tomaba días ahora toma minutos; lo que requería equipos completos hoy puede resolverse con un agente bien diseñado. Sin embargo, por muy impresionante que sea este avance, ocurre en el dominio de lo accidental.

Las complejidades esenciales, en cambio, pertenecen a otro orden de dificultad. No se resuelven automatizando tareas ni acelerando la producción de información. Están relacionadas con la estrategia, la cultura, los incentivos, la estructura organizacional, la coordinación entre equipos y la calidad de las decisiones. Una empresa no avanza porque un reporte esté mejor escrito o un análisis se genere más rápido. Avanza cuando sus áreas priorizan de forma común, cuando se alinean objetivos, cuando existe claridad de responsabilidades y cuando los líderes gestionan las tensiones propias del negocio.

En minería, los agentes pueden apoyar reportes y análisis, pero no resuelven la tensión estructural entre producción y seguridad, ni la complejidad de coordinar mina, plantas, mantenimiento o geología. En energía, pueden asistir en la lectura regulatoria, pero no corrigen la volatilidad normativa, los tiempos de aprobación de proyectos o las restricciones del sistema eléctrico. En retail, pueden mejorar cientos de procesos, pero no reducen por sí mismos la rotación del personal ni alinean la relación entre tiendas físicas, logística y áreas comerciales.

En otras palabras, la esencia del problema de productividad no está en la velocidad con la que se procesan los datos, sino en cómo funcionan las organizaciones. Y eso permanece igual.

El riesgo no está en implementar agentes de IA, algo que las empresas deben hacer con rapidez y seriedad, sino en sobreestimar su alcance. Las mejoras rápidas pueden dar la sensación de una transformación profunda, cuando en realidad solo se están resolviendo tareas siempre susceptibles de automatización. El peligro es confundir eficiencia operativa con cambio estructural.

La productividad real, la que altera la trayectoria competitiva de una organización, requiere abordar deliberadamente los problemas esenciales: modelos de colaboración, diseño de procesos, gobernanza de datos y de IA, incentivos, accountability, toma de decisiones y cultura. Ningún agente reemplaza ese trabajo. Lo que sí puede hacer es habilitarlo, liberando tiempo y reduciendo fricciones para que las personas se concentren en aquello que realmente mueve la aguja.

Por eso, la conversación sobre agentes de IA debe balancear entusiasmo con foco. Es legítimo celebrar la velocidad con la que estas tecnologías están resolviendo problemas antes inmanejables. Pero es igualmente necesario entender que su aporte, aunque enorme, es solo una parte de la ecuación.

Cuarenta años después de su publicación, la tesis de Brooks sigue siendo vigente. Lo esencial no desaparece con herramientas; lo esencial se enfrenta. Hoy, en medio de una expansión acelerada de agentes de IA, ese recordatorio resulta más relevante que nunca.

Los agentes de inteligencia artificial no son una bala de plata. Son una herramienta extraordinariamente útil para resolver lo accidental, pero no pueden reparar lo que pertenece al corazón de cómo funcionan las organizaciones. Mejoran lo que era difícil; no lo que nunca fue fácil. La verdadera productividad del futuro no vendrá de automatizar lo existente, sino de tener la valentía de enfrentar lo esencial.

Para más columnas, clic aquí.

Publicaciones relacionadas

Abogado y académico

Julio 27, 2026

La farsa de la “batalla cultural”. Por Álvaro Vergara

El guerrero cultural piensa, implícitamente, que el ciudadano es menos inteligente que él. Esa presunción lo lleva a convencerse de que posee la capacidad para transformar el pensamiento de los demás. A los ojos de estos sujetos, la ciudadanía sería una especie de rebaño influenciable, presa fácil de quienes buscan persuadirlos sobre cómo hay que […]

Directora del Centro Futuros Empresariales de la Escuela Negocios UAI

Julio 27, 2026

El mercado de capitales también se juega en el directorio. Por Magdalena Aninat

Si la preocupación es profundizar el mercado de capitales y mejorar el desempeño empresarial, la agenda debe avanzar hacia mecanismos que fortalezcan el valor del directorio como garante de confianza frente al mercado.

El Frente Amplio y la ensoñación estatista. Por Sergio Muñoz Riveros

La directiva del Frente Amplio en junio, durante su congreso ideológico. Foto: Agencia UNO.

Salvo por los tópicos y la jerga de este tiempo, el documento del congreso suena arcaico. La perspectiva que ofrece como novedosa está emparentada con el rudimentario anticapitalismo del FRAP en los años 50 y la Unidad Popular en los 60 y 70. ¿Qué idea tienen los líderes del FA de lo que es un […]

Presidente Instituto Libertad

Julio 26, 2026

El 1% que sostiene el crecimiento. Por Rafael Aldunate

No son el problema: son la semilla que multiplica. Cautelar a quienes poseen grandes empresas no es favoritismo, es responsabilidad. Si queremos un país próspero, debemos proteger el entorno que permite que la riqueza se cree, se mantenga y se reinvierta.

Ex-Ante

Julio 26, 2026

America First: el golpe arancelario de Trump a Chile. Por Ignacia Munita

Estados Unidos anunció nuevos aranceles para productos chilenos como salmones, vinos, madera y frutas. La medida podría reducir la competitividad de las exportaciones nacionales y confirma que, bajo la doctrina America First, las afinidades políticas no garantizan un trato comercial favorable.