Tender la mano a un país por razones humanitarias implica que, por encima de cualquier consideración política o cálculo de intereses, se vuelve prioritario el auxilio de emergencia a los grupos humanos que, como consecuencia de guerras, catástrofes naturales u otras calamidades, padecen necesidades extremas.
¿Se justifica, entonces, entregar a Cuba un aporte monetario como el que se hizo a Ucrania y Gaza? Sí, puesto que su gente sufre enormes carencias a causa de la catástrofe política, económica y social causada por la dictadura del Partido Comunista, que ya dura 67 años. La mayoría de los cubanos vive en condiciones muy precarias, en un agobiante cuadro de “igualdad en la pobreza”. Solo consiguen atenuar sus penurias quienes reciben remesas de dinero o artículos de primera necesidad que les envían sus familiares exiliados en EE.UU., Canadá, México, España y otros países.
En cualquier caso, es válida la preocupación respecto de que la ayuda humanitaria llegue finalmente a las manos del gobierno cubano, que es el causante del desastre social que vive la isla. Para evitarlo, y aliviar temporalmente la situación de los grupos más vulnerables, es indispensable que la ayuda se encauce a través de organismos como Caritas o alguna entidad dependiente de la ONU, que es lo que hacen otros países para ayudar a Cuba.
En todo caso, el auxilio prestado no debe ocultar la raíz del problema, que no es otro el agotamiento de un modelo estatista arcaico, improductivo, que incluso es criticado por los dirigentes del gobierno chino. El Centro de Estudios de la Economía Cubana (CEEC), un organismo oficialista, señaló que en 2025 la economía experimentó un retroceso de 5 puntos porcentuales del PIB debido a la caída de los ingresos externos, el retroceso del turismo y el deterioro de la situación energética por el contexto internacional y la presión norteamericana.
La interrupción de los suministros de petróleo desde Venezuela, la falta de divisas para importar combustible y el deterioro de la infraestructura han creado una situación crítica en el ámbito energético, agravada por la decisión de Trump de aplicar aranceles a los países que le vendan petróleo a Cuba. El régimen culpa de la crisis a EE.UU., pero la causa principal es un modelo político y económico que no asegura los servicios fundamentales.
El servicio eléctrico está en vías de colapsar como consecuencia del envejecimiento de las termoeléctricas construidas con tecnología soviética en los años 60 y 70 del siglo pasado. La isla depende enteramente de un suministro vulnerable, carece de reservas estratégicas y mecanismos alternativos, mientras concede prioridad al consumo de las Fuerzas Armadas.
El CEEC reconoció recientemente un “deterioro en las condiciones sociales”, el que se refleja en múltiples indicadores, desde la mortalidad infantil -que ha escalado cinco puntos hasta el 9,8 por mil desde 2020- a la emigración masiva. Basta ilustrarlo con el hecho de que, en 2020, vivían 800 cubanos en Guyana, en el norte de Sudamérica y hoy viven 135.000. Otro botón de muestra: el año pasado, 13.500 cubanos recibieron su documento de residencia en Uruguay.
Cuando desapareció la URSS, en 1991, Cuba tuvo la oportunidad, como los países de Europa del Este que tuvieron regímenes comunistas, de iniciar un proceso de reformas orientado hacia la democracia y la economía de mercado. Fidel Castro se opuso a ello y llamó a resistir. En los hechos, la oligarquía creada por él priorizó sus propios intereses a costa de los padecimientos del pueblo que decía defender. Los penosos resultados se reflejan, entre otras cosas, en la disminución de la población cubana. Según las cifras oficiales, esta llegaría hoy a 9,5 millones de personas, pero algunos estudios independientes sostienen que es solo de 8 millones. El sueño de la mayoría de los jóvenes es irse de Cuba.
Aquel socialismo que prometía igualdad condujo a una sociedad horrorosamente desigual, con un Partido/Estado que cobija a una casta privilegiada. El costo social de la llamada Revolución Cubana ha sido simplemente devastador. En este contexto, suena a sarcasmo sangriento la declaración del Movimiento de Solidaridad con Cuba publicada por el diario El Siglo, órgano oficial del PC, en la que denominó “farol de la humanidad” al régimen cubano y llamó a preparar las celebraciones por el centenario de Fidel Castro en todo el país.
En un artículo titulado “Cuba y la hora de quitarse las máscaras”, publicado el 11 de febrero en el diario digital 14ymedio, la admirable luchadora que es Yoani Sánchez dijo desde La Habana: “Nunca como ahora se ha criticado tan abiertamente al oficialismo cubano. No recuerdo un solo momento de nuestra historia reciente en que las críticas al Partido Comunista estuvieran tan extendidas, tuvieran un tono tan corrosivo y se dijeran en voz tan alta. Gusanear, ese verbo tomado de los insultos oficiales, es la práctica diaria de millones de personas en esta isla. Se gusanea en las paradas de guagua, en los centros de trabajo y en la cola para depositar unos dólares en esa tarjeta Clásica que permite comprar la poca gasolina que queda en el país. Se gusanea en la bodega del racionamiento, en las reuniones de las escuelas donde anuncian la suspensión de las clases presenciales y en el andén de la terminal de ómnibus vacío de vehículos y de esperanza”.
Yoani Sánchez describe el profundo cambio que se va produciendo en el comportamiento de mucha gente, y constata que los defensores del régimen son hoy una clara minoría, mientras crece la corriente en favor de una apertura política. Y exclama: “Al fin somos mayoría y “ellos” lo saben.
A veces, la historia se acelera, y esperamos que así sea en el caso de Cuba. Pero, se trata de que el pueblo cubano avance hacia la libertad por su propia cuenta, a su propio modo, sin injerencia extranjera. Y lo deseable es que ello se produzca por una vía que excluya la violencia. Es el reto de conquistar la paz y la libertad en un mismo impulso. Hay que apoyar ese empeño decididamente.
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