Tras la primera vuelta presidencial, ya pudimos despejar la primera interrogante que era la dispersión del Congreso y la gobernabilidad de un próximo mandato. La nueva composición parlamentaria quedó marcada por un avance significativo del Partido Republicano, además de la irrupción de independientes y fuerzas emergentes del PDG y el PNL. Esto sin duda, redefine el equilibrio político en el Congreso.
En la Cámara de Diputados surge como un actor clave el PDG con 14 parlamentarios, convirtiéndolos en el conglomerado que definirá las votaciones. En el Senado la oposición y la izquierda lograron 25 representantes respectivamente, no habiendo mayoría gracias a dos independientes. Esto genera un nuevo período de incertidumbre, salvo que el líder del PDG, realmente ejerza un rol que permita resolver los problemas de la gente y ceda ante sus propuestas populistas.
Todo este nuevo escenario parlamentario pone cuesta arriba a un eventual gobierno de Jeannette Jara, y no sólo por su baja votación en primera vuelta, porque alcanzar acuerdos amplios en un futuro mandato sería muy complejo, por no decir imposible.
A diferencia de lo que sería para un gobierno de José Antonio Kast para lo que es fundamental que exista una alianza real entre el Partido Republicano, lo que queda de Chile Vamos, y por qué no decirlo con todo el espectro político, para llegar a acuerdos transversales. De esa gobernabilidad, sin duda, dependerá la estabilidad política, social y, por cierto, la reactivación económica.
Sin duda, la segunda vuelta definirá si existe o no un programa que permita construir esos “mínimos comunes” que buscan la ciudadanía y los mercados. Es en este punto que debemos ponernos serios. Efectivamente se deben sincerar los programas políticos de ambos candidatos que van al balotaje y no insistir en iniciativas populistas.
Propuestas como la de Jara de un salario vital de $750 mil pesos, requiere una bajada técnica seria, ya que son cifras que suenan bien, pero se anuncian sin dimensionar lo que eso significa en términos de generación de empleo; o cómo se hará el recorte de US$ 6.000 millones en 18 meses planteado por Kast.
Insisto e insistiré, como muchos lo han hecho, que Chile no se está cayendo a pedazos ni lo hará. Sin embargo, frente al debilitamiento de las instituciones, se necesitan propuestas claras en materias de corrupción, probidad, eficiencia y agilidad para que volvamos a creer en el rol de servicios que debe cumplir el Estado.
A esto se suma que es esencial avanzar en consensos que aborden los problemas que a la gente sí le importan como seguridad, empleo, educación, vivienda o salud. Si no somos capaces de conseguir ese piso común, será muy complejo lograr la estabilidad que requieren los mercados para crecer a las tasas necesarias.
La contienda que se viene en segunda vuelta, pese a que se ve sumamente polarizada, obliga a la derecha de Kast no sólo a moverse al centro político, si es que aún existe, sino que abrirse a representar a esos 2 millones y medio de votantes que encontraron en el populismo, tal como muchos analistas lo han descrito, la solución a sus dolores, que son quienes están siendo obligados a votar y que se sienten totalmente desafectados de la política.
Aún más, se han identificado que son un grupo de votantes no antisistema sino que, más bien, que buscan beneficiarse de aquel sistema que, por tanto tiempo, los ha tenido relegados o simplemente olvidados.
Por su parte, Jara tiene el inolvidable problema que es del Partido Comunista. Ha tenido que disputar posiciones dentro de su propia organización política, pero cuando alguien pertenece a un partido marxista-leninista en su origen, no se sabe hasta dónde va a ser posible transar, más allá de que ha dicho que lo hará por el bien común.
El ser la candidata de una centro izquierda amplia, tampoco se ha visto reflejado en los acotados apoyos que ha recibido a lo largo de su campaña, afectada por ser la candidata de continuidad del mal gobierno de Boric, por mucho que intente negarlo.
Ambos candidatos a La Moneda, en definitiva, tendrán que dejar atrás sus imperativos ideológicos para acercarse a ese centro moderado que no está dispuesto a votar por ninguno de los dos extremos y principalmente a ese voto obligado que no cree en la política.
No hay que olvidar que en los últimos cinco años, la confianza de los chilenos en los políticos ha experimentado un declive sostenido. Según datos recientes, solo un 10% de la población manifiesta confianza en la política en el 2025.
Esta desconfianza también se refleja en otras instituciones políticas como el Congreso que ha experimentado disminuciones significativas en la percepción pública, con caídas de hasta 65% en la confianza. Más del 80% de los chilenos creen que a los políticos no les importa lo que piensa la gente, reflejando una alta desafección y desconexión.
Cualquiera de los dos candidatos va a tener que negociar con sus aliados naturales y comprometerse con aquellos proyectos que realmente solucionan los problemas de la gente. Espero que ambos tengan la humildad de mirar Chile como un todo, no sólo desde su óptica, y con toda su diversidad. También que tengan la capacidad de conversar y ponerse de acuerdo en solucionar los mínimos comunes, buscando el diálogo y acercar posturas, con un horizonte de 20 años.
Si todo esto fuera factible, podríamos tener mejores expectativas para los próximos años. Y aunque todo indica que el próximo Presidente sería José Antonio Kast, va a depender de qué tipo de liderazgo asuma para lograr realmente los acuerdos que el país necesita para solucionar los problemas que nos aquejan. Esto está por verse.
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