Suele ocurrir que, cada vez que enfrentamos nuevas encrucijadas en los mercados, al menos alguno de los caminos parece conducirnos -casi inevitablemente- a la tentación de afirmar que esta vez las cosas tendrán un desenlace diferente. Una apuesta arriesgada que, más de una vez, nos ha hecho tropezar con la misma piedra. Pero acá vamos con cierta porfía, pero también con convicción.
Cerca de un año atrás publicamos un informe de recomendaciones de inversión para activos globales y locales que titulamos “¿Qué más se puede pedir?” tras un decidido recorte de tasa por parte del banco central de Estados Unidos, la Reserva Federal, desde 5,5% a 5,0% que dio un impulso significativo a los mercados en septiembre y marcaba el puntapié para un cuarto trimestre que prometía ser muy favorable para todas las clases de activos financieros, desarrollados y emergentes.
Pero los shocks ocurren, el ánimo por recortes de tasas en los bancos centrales se puede desinflar y, finalmente, los mercados pueden retroceder y desarmar todo el optimismo en cuestión de semanas. Algo así tuvimos en la última parte del año pasado y los mercados lo resintieron. Lo mismo ocurrió el mes recién pasado, cuando -en un grado más suave- las mismas tendencias impulsaron algunas correcciones y alta volatilidad, sumándose además la pregunta de si hay o no una burbuja en las acciones de las compañías tecnológicas.
Volvamos al año pasado. Luego de ese informe, vino una clásica postura de “esperar lo mejor, pero prepararse para lo peor”, lo que, si bien implica realizar algunos ajustes para proteger las inversiones de shocks más severos, nos mantiene invertidos en las distintas clases de activos controlando el riesgo, considerando que una estrategia de “comprar en el punto mínimo y vender en el punto máximo” tiene pocas chances de funcionar sistemáticamente.
Por su parte, aunque el market timing es siempre una tentación, resulta más conveniente mirar a un horizonte más largo y apegarse a los fundamentales, con una razonable cuota de cautela construyendo escenarios que estresen los supuestos bajo los cuales estamos tomando las decisiones.
Aunque tanto a nivel local como internacional hemos atravesado meses de elevada incertidumbre y, en muchas ocasiones, de ruidos autoinfligidos, el balance del año muestra retornos muy positivos en las bolsas globales y local, una apreciación relevante del tipo de cambio y menores tasas de interés, entre otros termómetros que reflejan un ánimo inversor en buen pie. Nuevamente fue la mirada de largo plazo la que prevaleció: mantener la calma, controlar los riesgos, y no apresurarse con costosas decisiones de inversión.
Y aunque siempre existe el riesgo de vivir nuevos shocks -y pecar de porfiados- las condiciones que enfrenta nuestra economía para el próximo año se ven favorables. Por fin la inflación parece estar cediendo en el último y costoso tramo hacia los objetivos. Se espera que la Reserva Federal recorte tasas al menos dos veces más en el contexto donde la economía estadounidense sigue desafiando y se encamina hacia el tan ansiado aterrizaje suave en actividad y empleo.
Si China logra una desaceleración similar, esquivando riesgos y aplicando impulsos según se requiera, podríamos contar con un mundo creciendo algo por sobre el 3%. Incluso las dinámicas de Trump con sus principales socios parecen estar estabilizándose, logrando un ajuste que meses atrás se veía bastante más complejo.
Además, se suma al escenario un precio del cobre cercano a US$5 la libra ante un mercado muy apretado en términos de oferta y demanda, con un precio del petróleo contenido en torno a los US$60 el barril. Es cierto que estos niveles de precios dan menos frutos que hace una o dos décadas atrás y un buen termómetro de eso es la menor sensibilidad del tipo de cambio al incremento de precios. Aun así, se trata de un punto de partida sólido para la actividad local el próximo año.
Si aprovechamos estas condiciones externas y logramos acercarnos al menos al ritmo de crecimiento de nuestros principales socios comerciales (nuestro nuevo escenario base considera una expansión de 2,7% para 2026) y damos señales de controlar los riesgos que el propio Consejo Fiscal Autónomo ha mencionado sobre los niveles de deuda pública, podremos aspirar a un nuevo impulso a los activos locales.
Estimamos que, de darse esta dinámica, las tasas de interés podrían bajar aún más a nivel local, el tipo de cambio ceder hacia el rango de 900 por dólar (o quizás menos) y ayudar en la “última milla” hacia la convergencia al 3% de inflación. Hemos estado cerca de este escenario un par de veces en los últimos años, pero no lo hemos alcanzado debido a ruidos externos y a errores propios. Esta vez puede ser diferente ¿o no?
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