Históricamente se ha defendido que la política exterior debe ser una política de Estado: basada en principios como el respeto al derecho internacional, la solución pacífica de controversias y los derechos humanos, y sostenida por un consenso nacional que trascienda los gobiernos de turno. Sin embargo, a través del tiempo, pero especialmente, en los últimos años hemos visto cómo la amplia facultad del presidente para dirigir la política exterior puede malinterpretarse o usarse de manera discrecional, afectando su coherencia y legitimidad. Ejemplos claros incluyen:
La solución más eficaz —aunque algo radical— para este problema sería, sin duda, envolver el teléfono presidencial en cinta adhesiva, impidiendo así que mensajes improvisados e insufriblemente mal informados vuelvan a escapar. Lo sensato sería establecer mecanismos institucionales que garanticen una política exterior estable, profesional y, sobre todo, digna de un país serio.
En ese contexto existen algunas opciones no excluyentes.
Cuatro propuestas para fortalecer la política exterior de Estado: propuestas para el Ejecutivo y Congreso.
Hacia una diplomacia institucional y perdurable de Estado
Una política exterior de Estado no puede depender de voluntades personales. Requiere:
Países exitosos en diplomacia han logrado proyectar estabilidad porque sus políticas trascienden a los gobiernos. Chile debe avanzar en ese camino: no se trata de limitar al Ejecutivo, sino de blindar el interés nacional. La credibilidad internacional se construye con hechos, no con declaraciones.
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