La rebaja al impuesto corporativo, junto con la reintegración del sistema tributario, vuelven a poner a la discusión tributaria en el centro del debate. La hipótesis del gobierno es que menores impuestos permitirían que una mayor parte del excedente generado por la actividad económica permaneciera en el circuito de inversión y creación de riqueza, impulsando con ello el crecimiento económico y el bienestar.
Más allá de las dudas si el impacto sobre las finanzas públicas logrará ser compensado con el esperado mayor crecimiento, ayuda volver a una pregunta más básica respecto a qué es la riqueza y cómo se genera.
El dinero, como medida de riqueza, expresa la capacidad de transformar recursos, energía, conocimiento y trabajo en bienes y servicios que la sociedad valora. La riqueza se crea cuando una empresa innova, una tecnología reduce costos o una buena idea permite producir de manera más eficaz.
Y también se destruye cuando un puente colapsa, un emprendimiento fracasa o cuando la burocracia paraliza proyectos viables. Cuando una economía crece o se estanca, lo que cambia es nuestra capacidad de transformar recursos escasos en bienes y servicios cada vez más valiosos. En ese proceso, la empresa cumple un rol central.
Una empresa rentable expresa capacidad de coordinar recursos de manera productiva, y detectar y satisfacer necesidades reales. La utilidad obtenida refleja que esa coordinación produjo algo valioso para la población.
Pero ese proceso no ocurre en el vacío. La generación de riqueza requiere infraestructura, instituciones y estabilidad. Incluso muchas tecnologías que hoy sostienen industrias enteras surgieron originalmente de investigación pública vinculada a programas estatales, universidades o defensa. Además, aun cuando el crecimiento económico resulta indispensable para ampliar bienestar y oportunidades, la lógica de la rentabilidad privada no garantiza por sí sola mínimos materiales para toda la población.
No sólo la desempleada y muy pobre, sino que segmentos de clase media, incluso trabajando de manera estable, no logran solventar plenamente esos mínimos mediante sus propios ingresos. En Chile, el 10 por ciento más rico concentra cerca de dos tercios de la riqueza nacional, mientras la mitad más pobre de la población posee menos del 5 por ciento de ella.
De ahí surge la necesidad del Estado y los impuestos. Toda sociedad necesita extraer una parte del excedente generado por el propio proceso económico para sostener condiciones colectivas básicas y asegurar mínimos materiales para la población en acceso a vivienda, educación, salud, entre otros.
Pero esa extracción no es neutra. Mientras las utilidades permanecen dentro de la empresa funcionando como inversión y capacidad productiva, siguen formando parte del proceso de generación de riqueza y ayudando a resolver las carencias sociales. Pero la riqueza no se crea únicamente para permanecer indefinidamente reinvertida dentro de la empresa, sino también para transformarse en ingreso privado de sus dueños que les permita acceder, mediante el consumo, a mayores niveles de bienestar, comodidad y libertad.
Nada de eso tiene en sí mismo algo reprochable, y es, de hecho, un incentivo fundamental para que el sistema opere. Pero los recursos, aun cuando aumenten gracias al dinamismo económico, nunca son infinitos, y resulta difícil no reparar en que mientras enormes capacidades productivas se destinan a formas de consumo cada vez más sofisticadas —el mercado global de bienes personales de lujo movió cerca de 363 mil millones de euros en 2024— otras necesidades colectivas y sociales que consideramos necesarias siguen siendo deficitarias.
El proyecto tributario del gobierno de Kast apunta en la dirección correcta al reducir la carga sobre utilidades reinvertidas y concentrar relativamente más la tributación cuando el excedente pasa a ingreso privado y consumo de quienes tienen la capacidad de generar esa riqueza.
Pero, al final, el problema económico siempre consiste en asignar recursos escasos entre usos alternativos. Por eso, sería un error presentar los impuestos únicamente como un freno al crecimiento. Cuando logran reasignar recursos desde usos relativamente menos prioritarios hacia necesidades colectivas y sociales más urgentes, sin desincentivar la creación de riqueza, ayudan a sostener las condiciones materiales e institucionales de las que depende la generación estable y continua de riqueza en el tiempo.
Cómo identificar esas prioridades y garantizar el acceso efectivo a aquellos bienes y servicios que una sociedad considera indispensables, sin confundir ese objetivo con gratuidad universal o provisión necesariamente estatal, es una discusión distinta, pero igualmente necesaria. Porque una economía sana depende tanto de su capacidad para generar riqueza como de su capacidad para traducirla efectivamente en las condiciones materiales que hacen posible una vida digna.
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La profundidad: el nuevo lujo en la era de la distracción. Por Gabriela Salvador. https://t.co/WwJZJtOB7U
— Ex-Ante (@exantecl) June 9, 2026
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