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Sala cuna universal: más que una política para las mujeres. Por Constanza Ossa

Socia y gerenta general Krebs Consulting

El desafío no es solo que más mujeres ingresen al mercado laboral. Es que no tengan que abandonar, de manera visible o silenciosa, el camino hacia el liderazgo cuando deciden formar una familia. En un país que necesita más talento, más productividad y más futuro, esa discusión ya no puede seguir esperando.


Con las nuevas indicaciones presentadas por el Gobierno, el proyecto de sala cuna universal vuelve a ocupar un lugar relevante en la agenda pública. Como suele ocurrir, gran parte del debate se ha concentrado en sus costos, su financiamiento y su impacto sobre la participación laboral femenina.

Pero quizás la pregunta más importante hoy es otra: ¿cuánto talento femenino está perdiendo Chile porque la maternidad sigue representando un costo profesional difícil de asumir?

La respuesta importa no solo por razones de equidad. Importa porque el país enfrenta simultáneamente tres desafíos complejos: una baja natalidad histórica, una creciente escasez de talento calificado y una persistente subrepresentación femenina en posiciones de liderazgo. Pocas políticas públicas tienen el potencial de tocar esas tres dimensiones al mismo tiempo.

El potencial impacto no es menor desde el punto de vista económico. Diversos organismos internacionales han advertido que una mayor participación laboral femenina es una de las principales oportunidades que tiene Chile para impulsar su crecimiento. Un estudio del Fondo Monetario Internacional estimó que cerrar la brecha de participación laboral entre hombres y mujeres podría generar ganancias acumuladas de PIB cercanas al 3%, mientras que la OCDE ha señalado recientemente que ampliar el acceso a servicios de cuidado es una condición clave para aprovechar mejor el capital humano disponible y elevar el potencial de crecimiento del país.

Durante años, la discusión sobre sala cuna universal se ha centrado en cuántas mujeres podrían incorporarse al mercado laboral gracias a este beneficio. Sin embargo, el desafío actual es más profundo. Hoy muchas mujeres no abandonan completamente el trabajo cuando se convierten en madres. Lo que ocurre con frecuencia es algo menos visible: ralentizan sus carreras, rechazan promociones, limitan su disponibilidad para asumir nuevos desafíos o postergan decisiones profesionales relevantes.

Desde la experiencia de quienes trabajamos en búsqueda de ejecutivos y talento, este fenómeno aparece de manera recurrente. No son pocas las profesionales altamente calificadas que, en una etapa clave de su desarrollo, sienten que deben elegir entre avanzar en su carrera o responder a las exigencias de la crianza. El resultado no siempre es una renuncia. Muchas veces es una pérdida silenciosa de potencial, liderazgo y crecimiento profesional.

Por eso, la sala cuna universal no impacta solo en los primeros años de vida de un hijo. Bien entendida, puede acompañar toda la trayectoria laboral de una mujer, porque evita quiebres tempranos en su carrera, mejora su continuidad laboral y permite que el desarrollo profesional no se vea interrumpido justo en los años en que se construyen las oportunidades futuras de liderazgo.

A ello se suma una realidad demográfica cada vez más preocupante. Chile registra una de las tasas de natalidad más bajas de su historia. Mientras el envejecimiento de la población avanza y las empresas enfrentan crecientes dificultades para atraer talento, muchas parejas postergan o descartan tener hijos por las dificultades de compatibilizar trabajo y crianza.

La paradoja es evidente. Como país necesitamos más participación laboral, más liderazgo femenino y una mayor sostenibilidad demográfica. Sin embargo, seguimos operando bajo condiciones que muchas veces hacen que formar una familia tenga un costo profesional demasiado alto.

Cuando una sociedad instala la idea de que es necesario elegir entre desarrollo profesional y maternidad, termina perdiendo en ambos frentes: pierde talento, porque limita el aporte de miles de profesionales calificadas; y pierde futuro, porque dificulta la construcción de proyectos familiares compatibles con una vida laboral activa.

Por supuesto, sería ingenuo pensar que la sala cuna universal resolverá por sí sola estos desafíos. Existe un riesgo importante: avanzar en el acceso al cuidado infantil sin modificar la forma en que entendemos el cuidado.

Durante décadas, la discusión estuvo marcada por una norma que asociaba el beneficio de sala cuna exclusivamente a la contratación femenina, generando distorsiones conocidas. Corregir aquello es un avance relevante. Sin embargo, la verdadera transformación requiere ir más allá del financiamiento.

La pregunta de fondo es si estamos dispuestos a avanzar hacia una cultura de corresponsabilidad real. Porque las brechas no se explican solo por la disponibilidad de una sala cuna. También se explican por quién reorganiza su agenda cuando un hijo se enferma, quién posterga una oportunidad laboral, quién asume la mayor carga de cuidados y quién termina absorbiendo los costos invisibles de la crianza.

Si el cuidado continúa siendo entendido principalmente como una responsabilidad femenina, cualquier avance será parcial.

Por eso, quizás ha llegado el momento de dejar de mirar la sala cuna universal únicamente como una política de apoyo a las mujeres. También puede ser una política de desarrollo de talento, de competitividad y de sostenibilidad demográfica.

El desafío no es solo que más mujeres ingresen al mercado laboral. Es que no tengan que abandonar, de manera visible o silenciosa, el camino hacia el liderazgo cuando deciden formar una familia. En un país que necesita más talento, más productividad y más futuro, esa discusión ya no puede seguir esperando.

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