Hace 10 años que Chile prácticamente no crece, en especial si se considera la medición per cápita. Ello no es gratis. Una de sus principales consecuencias es que numerosos indicadores de vulnerabilidad del país se han deteriorado.
La inversión como porcentaje del PIB ha caído 3 puntos porcentuales y, peor aún, el ahorro nacional lo ha hecho en 6 puntos porcentuales. Este último guarismo casi coincide con el aumento de los ingresos fiscales, lo que significa que el gasto fiscal se está financiando a costa del ahorro y la inversión, y que dependemos cada vez más del ahorro internacional para financiar el crecimiento futuro.
La deuda externa del Estado de Chile pasó en este período de US$ 6 mil millones a 45 mil millones (¡7,5 veces!). Ello sin contar la abultada deuda de nuestra cuprífera estatal, Codelco (la más endeudada del mundo). El Estado pasó de ser un acreedor neto, a deber 25 puntos del PIB. La deuda bruta pasó de 12 puntos del PIB a 40 puntos. A raíz de ello, el gasto en intereses pasa a absorber una parte creciente del presupuesto nacional (ya equivale a 1% del PIB). En paralelo, se han creado una serie de programas sociales que seguirán abultando el gasto fiscal en los próximos años.
En este período, Chile se consumió una parte de sus fondos soberanos. El valor de mercado del Fondo de Estabilización Económica y Social (FEES) cayó de casi US$ 15 mil millones el 2017 a US$6 mil millones ahora. También nos consumimos en un acto de irresponsabilidad máxima casi US$ 50.000 millones de los fondos de pensiones.
De esta manera, podríamos decir que Chile ha financiado su consumo comiéndose los ahorros de las pensiones y endeudándose en 30 puntos del PIB. Parte de esta deuda es en una moneda que no emitimos (dólares) y, por lo tanto, aumenta la vulnerabilidad del país ante cualquier shock internacional. Claramente esta tendencia es insostenible en el tiempo.
Varios de los sub sectores que impulsaron el crecimiento de Chile en los últimos 20 años se encuentran en graves crisis o seriamente abollados: la construcción inmobiliaria, la salud y educación privadas, la uva y la palta de exportación. Pero sin duda, la mayor pérdida tiene relación con la caída en la calidad de las políticas públicas. El Transantiago, hoy Red, es quizás el ejemplo emblemático, con un gasto que ha superado los US$ 10 mil millones. Pero a él se suma el aumento desmesurado e injusto en el gasto en educación superior (más de 100% real), el incremento en más de 50% real en gasto en personal del Estado en menos de 10 años y en casi 100% real del gasto en salud.
En paralelo, los gastos en defensa y orden público y seguridad como porcentaje del PIB caen de 2,6% del PIB en el 2013 a 1,9% el 2022. La Agencia Nacional de Inteligencia(ANI), tuvo un presupuesto durante el año 2023 de $8.500 millones. El mismo que el año 2018 y equivalente a menos del 1% del subsidio al Transantiago (que ya supera los US$ 1.ooo millones anuales). Vaya prioridades.
En el intertanto, Chile ha perdido competitividad en muchos aquellos rankings donde antes brillaba: crecimiento regional, competitividad minera, libertad económica, productividad. A cambio de ello no parece haber ganado mucho. La criminalidad ha aumentado, la inmigración que puede ser una palanca de desarrollo es caótica, la salud y la educación no han mejorado. La desigualdad y la pobreza, por las cuales se realizaron muchos de los cambios que afectaron el crecimiento, tampoco muestran avances.
Otro factor de vulnerabilidad es el colapso demográfico de Chile. En el año 2010 nacían 250.000 chilenos y morían 97.000. El 2021, nacieron sólo 177 mil y murieron 137 mil. El crecimiento neto pasó de 150 mil a 40 mil. Si alguien cree que se puede financiar un sistema de pensiones de reparto con esas cifras está probablemente soñando con otro Chile. Es curioso que en este mismo lapso el gasto estatal en el ítem familia e hijos sube más de 70 % real…
Esta mayor vulnerabilidad se da en un escenario global más complejo. Es cierto, no sólo en Chile han empeorado las políticas públicas malgastando el erario fiscal. El mundo multipolar en el que hoy vivimos será más volátil geopolíticamente hablando. Nuevas potencias regionales emergen y su ideario no es precisamente la democracia liberal.
Estos desafíos enormes deberán ser asumidos por el gobierno que asumirá el 2026. Al actual gobierno le costará mucho salir de su cosmovisión, la cual en la práctica se inició durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet y que está en la base del incremento de la vulnerabilidad de Chile.
Tres tareas titánicas deberá enfrentar una coalición futura, ojalá lo más amplia posible:
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