Hay una narrativa que flota un poco en foros de emprendimiento y columnas de opinión: el ecosistema de startups chileno no ha avanzado mucho en los últimos años, sin nuevos unicornios desde Betterfly en 2022, rezagado frente a Brasil o México. Es una lectura que confunde el ruido con el progreso, y una mirada incompleta con la solidez de lo que se construye.
La realidad, vista con algo más de detención, muestra un ecosistema que no solo sobrevivió al ajuste global del venture capital, sino que está produciendo algo más valioso que valoraciones infladas: empresas reales, con ingresos reales, que atraen a compradores estratégicos dispuestos a pagar precios significativos.
Hace pocos días supimos del caso de Lilo, startup que usa inteligencia artificial para automatizar las compras de hoteles, la que se vendió por un monto no revelado a Inn-Flow. Se trata de la tercera venta del emprendedor serial chileno Javier Araya, uno de los fundadores de Lilo. También está el caso de Comunidad Feliz. La empresa fundada por David Peña y Antti Kulppi en 2015, dedicada a digitalizar la administración de edificios y condominios, fue adquirida a fines de 2025 por Visma —gigante noruego de software con más de dos millones de clientes en Europa y Latinoamérica— en una operación cercana a los 70 millones de dólares. Los primeros inversionistas, entre ellos el fondo Trígono y Attom Capital, multiplicaron por 30 su inversión inicial. LarrainVial asesoró la transacción. No hubo unicornio. Hubo un negocio sólido, escalable y atractivo para un comprador de clase mundial.
Durante el año pasado, dos startups chilenas cerraron rondas de US$35 millones cada una, ambas lideradas por Riverwood Capital, firma estadounidense con 6.100 millones de dólares bajo gestión. AgendaPro, la plataforma de gestión para negocios de servicios por cita —peluquerías, centros de salud, spas— opera hoy en más de 20.000 negocios en cinco países y ya lanzó una recepcionista virtual con inteligencia artificial. Fracttal, fundada en 2014 por Christian Struve, es una plataforma de mantenimiento predictivo y gestión de activos que opera en más de 60 países y gestiona sobre 20 millones de activos industriales. Ninguna es un unicornio. Las dos son empresas con tracción global y respaldo institucional de primer nivel.
Este año en Abril la startup Forest levantó capital por US$ 54 millones en una ronda B con la participación de siete family offices chilenos para liderar el mercado de e-bikes en Londres.
Este tipo de noticias, en mi opinión, reflejan que en el mundo de las startups chilenas se está logrando una construcción de valor real, lo que se muestra en la generación de ingresos recurrentes, expansión geográfica y capacidad de atraer capital inteligente o compradores estratégicos. En un año 2025 en que el venture capital global volvió a crecer en el nivel de inversiones luego de algunos años con menores volumenes, Chile produjo al menos tres operaciones relevantes con actores internacionales de peso y este año ya van dos más. Eso no es estancamiento.
Los datos estructurales también hablan. Start-Up Chile cumplió 15 años con 90 exits registrados en su portafolio, una tasa de supervivencia del 64% —cuando el promedio global ronda el 15%— y una valorización total de US$6.500 millones, equivalente a 68 veces la inversión pública acumulada. El ecosistema no está esperando su próximo unicornio: está aprendiendo a construir negocios que alguien quiera comprar o en los que quiera invertir a largo plazo.
El unicornio es un símbolo útil para medir momentos de euforia. Pero la madurez de un ecosistema se mide en otra cosa: en la calidad de los fundadores que forma, en la confianza que genera entre inversionistas sofisticados y en la capacidad de producir exits que devuelvan capital a quienes apostaron temprano. Por esa vara, Chile está avanzando más de lo que el ruido sugiere.
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La (ciencia) económica y los economistas. Por Felipe Balmaceda.https://t.co/y9k6YEqyfG
— Ex-Ante (@exantecl) June 25, 2026
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