En Icare, Jorge Quiroz —futuro ministro de Hacienda— puso el foco donde duele: activar crecimiento usando herramientas administrativas y regulatorias ya disponibles, sin esperar nuevas leyes. Y remató con una meta que incomoda (“yo sueño con un Imacec de dos dígitos”). Si las grandes empresas se sientan a esperar, no llegan.
¿Por qué? Porque mover un trasatlántico toma tiempo. Y en negocios, el tiempo es la variable más cara. No basta con que el regulador apriete el botón “fast track” si dentro de la empresa el proyecto sigue en PowerPoint, el CAPEX en revisión y la ingeniería incompleta. La oportunidad no es el anuncio: es la capacidad instalada para convertir una aprobación en obras, contratos, empleo y caja.
El contexto importa. En 2023 el PIB creció apenas 0,2% y en 2024 repuntó a 2,6%, según el Banco Central. Para 2026 se proyecta un rango de 2% a 3%. El cobre está a más de US$6 la libra. Salimos del borde, pero seguimos lejos de la velocidad que demanda un país que compite por capital, envejece y necesita financiar seguridad y cohesión social.
Y Chile no está solo. En el debate global se repite la tesis: demasiada “red tape” asfixia inversión e innovación, y las economías que destraban rápido capturan capital y talento. La discusión acá tiene nombre propio: permisología. En paralelo, Wall Street ya se prepara para otra ola de grandes transacciones en 2026: cuando las capacidades no se construyen a tiempo, se compran.
La señal más potente de Quiroz no fue ideológica; fue operativa. Habló de una bolsa relevante de inversión “en tramitación” (del orden de US$12.000 millones) y de resolverla en semanas. Puso ejemplos: en construcción, simplificar un bosque de instructivos y circulares; en minería, medidas para aumentar la producción en 12 a 24 meses en al menos 10%. Eso abre oportunidades inmediatas: licitaciones, contratos, expansión, servicios especializados, tecnología y supply chain.
Traducido para directorios: lo que viene no es un boom automático. Es una carrera de ejecución. Ganarán las compañías que ya hicieron el trabajo invisible: portafolio priorizado, permisos mapeados, stakeholders trabajados, proveedores críticos amarrados y un modelo de gobierno que decide a la velocidad del mercado.
Por eso creo que solo un grupo selecto de grandes empresas chilenas está en condiciones reales de apretar el acelerador. No necesariamente las más grandes por ventas; las más “listas” por gestión. Las que tienen tres atributos: (1) balance para invertir sin tensionar el rating, (2) músculo de ejecución (PMO de inversiones, ingeniería, procurement y terreno), y (3) cultura donde el riesgo se gestiona, pero no se usa como excusa para la inacción.
¿Qué significa “prepararse para ejecutar primero”? Cinco exigencias que un directorio debiera pedir en enero (no en abril):
Hay un detalle adicional que los directorios no deberían subestimar: Quiroz ha transmitido que el nuevo equipo quiere llegar al 11 de marzo con decretos y proyectos listos. Si eso ocurre, la ventana de los primeros 100 días no será para “diagnóstico”; será para ejecutar. Ahí la competencia se vuelve feroz: permisos, mano de obra, proveedores, suelo, financiamiento y atención de la autoridad. El que llegue preparado, toma posición; el que llegue tarde, paga sobreprecio.
Aquí está el punto incómodo: durante años muchas compañías gestionaron el crecimiento como si fuera un dato externo (cobre, tasas, China). Quiroz está diciendo lo contrario: hay crecimiento “encerrado” en productividad y en tiempo regulatorio. Pero solo se captura si la empresa también se desregula por dentro.
El mensaje final para CEOs y directorios es brutalmente simple: este no es un año para “estar listos”. Es un año para estar ejecutando. Si su trasatlántico todavía no empieza a girar, no culpe al océano.
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